COMUNIÓN

“Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su hijo Jesucristo… Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Juan 1:3, 7).
El apóstol Juan está hablando de dos clases de comunión: comunión con Dios, y comunión con otros creyentes; pero en realidad es la misma comunión, porque todo depende de nuestro andar con Dios en luz. Si andamos en la luz de Dios, tenemos comunión con Él y comunión con los otros creyentes que están andando en la misma luz. Esta comunión es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. No podemos tener comunión con el Padre si no tenemos comunión con el Señor Jesucristo. El que dice que cree en Dios, pero no conoce a Cristo y no anda con Él, no tiene comunión con Dios. El Espíritu Santo no es mencionado en este contexto porque la comunión es en el Espíritu. Él es el vehículo de nuestra comunión. Claro, si uno no tiene al Espíritu Santo, no tiene comunión ni con Cristo, ni con Dios, ni con nadie.
En el diccionario, la comunión está definida así: “Eucaristía, sacramento del altar, santísimo sacramento, viático”. Algo de razón tiene, porque la comunión con Dios es por medio de la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados. Nosotros definimos comunión como comunicación, unión, armonía, buena relación, correspondencia, complicidad, participación, conexión, unidad, lo que la muerte de Cristo ha hecho posible. Hemos llegado a ser “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4) en el sentido de que llegamos a tener algunas de las cualidades de Dios que son los frutos del Espíritu suyo en nosotros.
La comunión se mantiene mientras andamos en luz, concepto que podríamos definir como: andar en obediencia a Dios y sus mandamientos (1 Juan 2:4), “guardar su palabra” (1 Juan 2:5), “andar como él anduvo” (1 Juan 2:6), “estar en luz” (1 Juan 2:9), amar a su hermano: “El que ama a su hermano, permanece en la luz” (1 Juan 2:10). La desobediencia, inconsecuencia, incongruencia y falta de amor, rompe la comunión. Es restaurado por medio de la limpieza en la sangre de Cristo.
Esta comunión está en el amor de Dios; es en ser amado por Él, amarle y amar a los demás con su amor: “El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4:8). Sabemos que somos amados por él “en que envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros” (1 Juan 4:10-12).
El amor tiene varios aspectos. Dios nos pide que le amemos con toda nuestra mente, corazón, alma, y fuerza (Dt. 6.5 y Mat. 22:37). Amar a Dios con la mente es tener la correcta información acerca de Él, valorarle, creer su Palabra, respetarle, apreciarle, reverenciarle, y abrir nuestra mente para recibir su revelación. Amarle con el corazón es tenerle como el centro de nuestro ser, amarle con todo lo que somos. Amarle con el alma es sentir este amor, vivirlo, experimentarlo, recibirlo; es dejar que toque nuestras emociones. Y amarle con nuestra fuerza, es amarle con pasión, con todo el poder que está en nosotros, y también es expresarle amor con nuestra fuerza empleándola para servirle. La idea es amar a Dios con todo lo que pensamos, hacemos, sentimos y somos. Vivir en este amor es tener comunión con Él y con otros.