CUANDO EL MARIDO FALLA

“Vosotros, maridos, igualmente vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Pedro 3:7).
Cuando el marido insulta, menosprecia, rebaja, o se burla de la mujer, cuando va a por ella para destrozarla emocionalmente, está cometiendo muchos pecados. Hay mujeres que toman a pecho estas palabras hirientes y se creen merecedoras del abuso, se culpan a sí mismas, creen que el marido tiene razón, que no valen nada, y pierden el respeto para sí mismas. Con el ánimo de abrir sus ojos, para que no se anulen como seres humanos y se vean indignas como personas, las mostramos por las Escrituras que el marido está fallando en su responsabilidad como marido, y que ellas, en lugar de hundirse, deben darse cuenta de que esto es pecado y orar por él. Dios no quiere que un marido desmoralice a su mujer, sino todo lo contrario, que la honre.
Honrar a la mujer es respetarla, valorarla, tener una opinión alta de ella, hablar bien de ella, tratar de conseguir que otros la aprecian, defender su reputación, apreciar sus dones y cualidades positivas, y cuidarla como oro en paño. Un marido cruel y despiadado no está cumpliendo con lo que dice este pasaje de las Escrituras. Como creyente está faltando en lo básico de lo que tiene que ser un marido.
Tratarla como vaso más frágil es darse cuenta de que las emociones femeninas de una mujer son frágiles. Ella se da todo y lo que pide a cambio es ser amada, atendida, cuidada, protegida, guardada y envuelta en algodones para que no se rompa. Un vaso frágil lo ponemos en la vitrina para ser admirado y protegido. Alguien que rompe sus propias figuras de porcelana es insensato. La esposa es un tesoro que no puede ser reemplazada, una obra de artesanía única de las mismas manos de Dios.
Verla como coheredera de la gracia de la vida es verla como un igual. La misma sangre que le ha salvado al marido le ha salvado a ella. ¡Que no desprecie esta sangre! Van al mismo cielo. Él no es más que ella. Dios ha mostrado gracia al salvarla, ¿cómo no va a tener gracia y misericordia de su mujer? Debe ser generosa con ella, darle más de lo que él piensa que ella merece, tratarla con la misma gracia y misericordia que él espera recibir de Dios. Lo contrario es decirle que no será salva, con la intención de herirla, es cuestionar su salvación, o desear su condenación. Su función de marido es la de edificarla, orar por ella y con ella, enseñarle la Palabra, estimularla a crecer en la fe, tener comunión con ella, ponerle ejemplo, ayudarla a servir al Señor, y animarla en su vida cristiana. Tiene que amarla como Cristo amó la Iglesia y poner su vida por ella según el ejemplo que Cristo marcó para el marido: “Cado uno de vosotros que ame a su mujer como a sí mismo” (Ef. 5:28, 33). El egoísmo y el desprecio son pecados.
Si el marido no cumple, sus oraciones tienen estorbo. Esto significa que Dios no le escucha cuando ora. Su pecado ha creado una barrera entre él y Dios. Si él valora su relación con Dios, debe rectificar su trato a su mujer, o se tendrá que ver con el Señor que sí que la ama y la valora. Dios se compadece de sus hijos y de sus hijas. No quiere que ni el marido ni la mujer vivan en una relación tan penosa. Toda la enseñanza de la Palabra es para que vivan felizmente como pareja, ayudándose mutuamente a crecer en su vida espiritual.