LA CONCLUSIÓN DE HABACUC (2)

“Aunque la higuera no florezca… con todo, yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza. Él me da pies como de ciervas y me hace andar en las alturas” (Hab. 3:17-19).
Si leemos los versículos 17 y 18 sin el versículo 19, pensaríamos: “¡Qué majo es Habacuc! ¡Él está afrontando el horno de aflicción de una invasión terrible y va a seguir confiando en Dios! ¡Qué majo es!”. Pero cuando tomamos en cuenta el versículo 19 vemos que su confianza no está puesta en su fe, sino en Dios. El no ha decidido creer en Dios contra toda evidencia. Tiene la evidencia de su actuación en el pasado y la promesa de su actuación en el futuro.
“Él me da pies como de ciervas y me hace andar en las alturas”. Si Habacuc puede hablar así, es porque Dios le ha dado una visión. Le ha sentado en los lugares celestiales, desde donde le permite ver la vida desde la altura del cielo y esto ha cambiado su perspectiva. Desde las alturas se ve todo desde el principio hasta el final, y con esta perspectiva todo encaja. No ve el ejército babilonio, sino a Dios.
Dios nos capacita para ver las cosas desde arriba. “Jehová es mi fortaleza y mi escudo. En él confió mi corazón, y fui ayudado. Por lo que mi corazón se regocija, y lo alabo con mi cántico. Jehová es la fuerza para él, y el refugio salvador para su ungido” (Salmo 28:7, 8). El Señor es nuestra fuerza y nuestra defensa salvadora. David no da la gloria a sí mismo, sino a Dios. “Dijo: ¡Te amo entrañablemente, oh Jehová, fortaleza mía! ¡Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador!” (Salmo 18:1, 2). “¡Oh Fuerza mía, en Ti espero! ¡‘Elohim es mi baluarte! Mi Dios, con su clemencia, acudirá a mi encuentro. ‘Elohim hará que impasible vea a mis adversarios… Pero yo cantaré de tu poder; aclamaré de mañana tu misericordia, porque fuiste mi alto refugio y amparo en el día de mi angustia. ¡Oh fuerza mía, te cantaré salmos! Porque tú, oh ‘Elohim, eres mi alto refugio” (Salmo 59:9-16). Este es el sentir de Habacuc.
“En cuanto a Dios, perfecto es su camino, y acrisolada la palabra de Jehová. Escudo a todo los que en Él esperan. Porque ¿quién es Dios, sino sólo Yahvé? ¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios? Dios es el que me ciñe de vigor, y hace perfecto mi camino, quien hace mis pies como de ciervas, y me hace estar firme en mis alturas” (2 Sam. 31-34). Este pasaje se parece más que ninguno al libro de Habacuc.
El Señor no exime a sus hijos afrontar muchas pruebas. Su camino nos conduce por el valle de la sombra de la muerte. Dios nos ha capacitado para vivir en el valle de la muerte y a la vez estar en los lugares celestiales con Cristo. Vivimos en el mundo en medio de aflicciones, pero con el espíritu en las alturas. Nada puede tocarnos, porque nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Dios es Juez y también Salvador. La visión desde arriba nos ayuda a afrontar lo que nos acontece abajo con la fe puesta en Dios. En el sufrimiento Dios se muestra más cercano. Usa todo para bien, según sus propósitos eternos. Sujeta los hilos de la historia y las de nuestra vida. Esta es la conclusión del gran viaje emocional de Habacuc. Ha encontrado consuelo y buen ánimo, y ha reafirmado su confianza en el Señor. ¡Que podamos nosotros hacer lo mismo! El de que sostuvo a Habacuc te sostendrá a ti.