LA CONCLUSIÓN DE HABACUC[1]

“Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza” (Hab. 3:17-19).
Cuando clamamos a Dios y Él responde haciendo todo lo contrario a lo que le hemos pedido, la revelación de la gloria de Dios en su Palabra es lo que despeja nuestras dudas. Esta revelación fue la respuesta a la perplejidad del profeta frente al mal que se avecinaba. Su primera reacción fue temor ante la grandeza de la potencia de Dios, pero finalmente le condujo a la paz. Cuando captamos el soberano control de Dios sobre todas las cosas tenemos paz. En medio de las tormentas la experiencia personal de la grandeza de Dios nos tranquiliza. Nos conduce al descanso. El profeta dice: “Debo esperar quieto el día de la adversidad, cuando el pueblo que nos ha de invadir suba con sus tropas” (3:16). Será un día terrible de destrucción y muerte, pero Dios usará esta invasión como un paso en la restauración de Israel. Después del quebranto viene la salvación.
El futuro inmediato era devastador. Para los sobrevivientes de la guerra se preveía muerte de hambre. La economía de Israel era agraria. Dependían del vino, el aceite, el trigo y del ganado. Cuando el ejército invasor terminaba la matanza, arrancaba las viñas, quemaba los campos, cortaba los olivos, y mataba el ganado. Los que salían de sus escondites encontraban que no quedaba nada. Mejor les habría sido la rápida muerte de espada que la lenta muerte de hambre. En este contexto el profeta dice: “Aunque la higuera no florezca, y en las vides hay fruto, aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento, aunque se acaben las ovejas del redil y no hay vacas en los establos, con todo, yo me alegraré en Jehová” (v. 17, 18). Iban a venir sobre Israel los castigos prometidos por su rebeldía (Deut. 28). Lo que sostiene al profeta es saber que después del juicio viene la salvación. Por lo tanto, puede afrontar la devastación que viene con alegría y regocijo.
Podría haberse hundido, pero se fortalece en el hombre interior y da expresión a su fe. La visión del Dios soberano le sostiene: “Tú eres el Dios de mi salvación” (Salmo 25:5). “Jehová es mi luz y mi salvación, ¿De quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme? Aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado” (Salmo 27:1, 3). “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sea removida, y los montes de derrumben en el corazón del mar” (Salmo 46:1, 2). “He aquí Dios es mi salvación; me aseguraré y no temeré, porque mi fortaleza y cántico es Jehová, y él fue mi salvación” (Is. 12:2). Las palabras de Miqueas son menos eufóricas, pero expresan una fe real: “¡Ay de mí!… Pero miraré a Jehová, esperaré en el Dios de mi salvación. ¡Mi Dios me escuchará! ¡Oh enemigo mío! Aunque caiga, me levantaré, aunque esté sentado en las tinieblas, Jehová será mi luz. Concederá a Jacob la fidelidad, y a Abraham tu misericordia, tal como juraste a nuestros padres desde los días de la antigüedad” (Mi. 7:1, 7, 8, 20. Lee todo el capítulo 7 de Miqueas. No tiene desperdicio). El futuro inmediato puede ser oscuro, pero a largo plazo es hermoso.

[1] Mensaje dado por David Burt en Igualada 20/11/16