LA HISTORIA DEL TEMPLO

“Colocaron el altar en su lugar” (Esdras 3:3). “Esta casa fue terminada el tercer día del mes de Adar, que era el sexto año del reinado del rey Darío” (Esdras 6: 15).
El Templo que construyeron nuestros hermanos que volvieron de la cautividad forma un eslabón en la gran cadena de la construcción de la Casa de Dios que va desde Génesis hasta Apocalipsis y constituye una parte central dentro de los designios eternos de Dios. Su propósito eterno es morar en medio de su pueblo: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Ap. 21:3). Fue el mensaje de los profetas en reiteradas veces (Sof. 3:15). El Tabernáculo del desierto lo ilustra gráficamente, ubicado en el mismo centro del pueblo con las doce tribus alrededor, cuatro en cada lado. Fue el propósito de Dios al enviar a su Hijo al mundo, el de santificar un pueblo para sí mismo en medio del cual Él moraría, como su centro. Al final de los tiempos Dios habrá conseguido la unificación del universo, y esto, por medio de la cruz de Cristo: “Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo… así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Ef. 1:10, 11). La cruz es el altar, el altar está en el mismo centro del Templo simbólico de Ezequiel, y el templo de Ezequiel representa aquel que no está en medio de la Nueva Jerusalén (Ap. 21:22), porque el Templo es Dios y Él lo llena todo en todo, convirtiéndolo todo en Templo. Dios será el eje de universo.
Este es el final. La historia del Templo empezó con la construcción del primer altar edificado por el primer mártir, Abel, en el cual ofreció un animal cuya sangre expió el pecado (Gen. 4:4). Noé salió del arca y edificó un altar (Gen. 8:20). Abraham iba construyendo altares a lo largo de su peregrinaje. Ofreció a su hijo Isaac sobre un altar en el monte Moriah donde posteriormente Salomón construyó el Templo, en el mismo lugar donde David levantó un altar para parar la mortandad en Israel. Ya era el único lugar en la faz de la tierra donde Dios aceptaba sacrificios por el pecado, y sin sacrificio por el pecado no hay acercamiento a Dios.
El Templo de Salomón fue destruido por los babilonios y reedificado 70 años más tarde por Zorobabel y Jesúa. Este templo duró hasta el primer siglo antes de Cristo cuando Herodes el Grande lo tiró abajo para edificar uno más grande. El templo de Herodes estaba en pie durante la vida de Cristo en la tierra. Fue hecho obsoleto con su muerte como el último sacrifico para el pecado, el que consiguió la entrada definitiva a la presencia de Dios, y por lo tanto fue destruido en el año 70 d. C. por los romanos. Ya no hay más sacrificios para quitar el pecado, ni más altares, ni más templos.
Los apóstoles entendieron que el Templo que Cristo está edificando es el definitivo (Mat. 16:18). Dios ahora mora en medio de su pueblo que es su iglesia: “Somos miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois justamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2: 19-22). Cada creyente es una piedra viva en este templo (1 Pedro 2:5). Somos los tesoros de las naciones (Hag. 2:7, LBLA), congregados de todos los países del mundo para formar el santo Templo donde Dios morará eternamente.