LA PRUEBA DE NUESTRA FE (1)[1]

“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido” (1 P. 4:12).

La primera carta del apóstol Pedro versa sobre la persecución del creyente. Cristo nos enseñó que la persecución nos vendrá a nosotros tan seguramente como le vino a Él. Demuestra que realmente estamos siguiendo al Señor. Viene para probar nuestra fe. Cuando nos convertimos, profesamos fe en Cristo, pero no entendíamos todas las implicaciones. Más bien, deberíamos de haber dicho: “Creo que creo en ti”. Somos inconstantes. ¿Realmente creemos? Nuestra fe necesita ser probada para confirmar que es real y no una emoción pasajera o una convicción intelectual. La persecución es una manera de probar la fe. Hoy, cuando no hay persecución en España, tenemos sufrimiento en lugar de persecución para poner a prueba nuestra fe para ver si es auténtica.
La salvación consiste en transformar a personas estropeadas hasta llegar a la perfecta humanidad de Cristo, hasta que Cristo sea formado en nosotros. ¿Cómo puede un ser egocéntrico aprender a pensar en otros, a amar verdaderamente. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18). Dios nos está transformando para ser como su amado Hijo.
Dios dosifica el sufrimiento para trabajar en nosotros en medio de situaciones difíciles, enjuicia el pecado ahora, y cambiamos, para no tener que enfrentar el juicio divino en el Día Final: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jan 5:24). Dios nos perdona por la cruz, somos libres de culpa, pero la salvación es más que la justificación y el perdón, es también la transformación. Desde el día que creemos somos justificados, peros seguimos pecando. Hemos de ser bautizados en sangre en el altar y bautizados en el Espíritu Santo en el lavacro para ser piedras vivas en el Templo de Dios. Cuando creemos en Cristo entramos en el camino de la santidad que conduce a Sion, pero solo el que persevera hasta el fin es salvo. El juicio final para el cristiano es ahora, en esta vida. Los “juicios” o castigos de Dios nos limpian, nos cambian y nos transforman. Es en este sentido que el juicio ha empezado en la casa de Dios (v. 17).
Los apóstoles tuvieron gozo en medio de la prueba: “Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo” (1 Pedro 4:13), pero hemos de asegurarnos de que nuestro sufrimiento no viene por nuestra propia culpa: “Que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhecho, o por entremeterse en lo ajeno, pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (v. 15, 16). ¡Se cierran emisores de radio porque no han pagado los permisos y luego piensan que están sufriendo por Cristo! ¿Nos metemos donde no debemos y luego pensamos que estamos sufriendo por causa de Cristo? Hace falta perseverancia para glorificar a Dios por nuestra vida. Que suframos con gozo para glorificar a Dios. “El justo con dificultad se salva” (v. 18), así que, “que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador” (v. 19). Dios nos creó, somos únicos, obras de artesanía del Creador, obras de arte en progreso. Él nos conoce mejor que nosotros mismos. Conoce nuestros fallos, y allí está trabajando para cambiarnos. Es fiel: nos está salvando y perfeccionando hasta el día de Cristo.

[1] Estudio dado por D. Burt, en la Iglesia Evangélica de calle Pujades, Barcelona.