ORACIÓN Y LA BATALLA

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ella con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:18).
Tenemos que ponernos nuestra armadura antes de orar, o la oración no será una delicia, sino más bien un tiempo cuando el enemigo nos desanima acusándonos de todo lo que hemos hecho mal o todo lo que teníamos que haber hecho que no hemos hecho: “Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Ef. 6:11). Notemos que en el texto de Pablo la armadura (Ef. 6:11-17) se pone antes de orar contra el enemigo (Ef. 6:18, 19).
Antes de poder orar tenemos que luchar contra:
La carne. No quiere orar.
El mundo. Tenemos muchas cosas “prácticas” que demandan nuestra atención.
El diablo. Nos acusa, intenta socavar nuestra fe, nos desanima con la grandeza del mal que enfrentamos. Nos hace sentir indignos de pedir nada.
Así que, pongamos la armadura:
Creo la verdad acerca de Dios que leo en su Palabra. Estoy comprometido de hablar la verdad cuando el Señor me lo pide, con amor, con misericordia, tomando en cuenta mi propio estado delante de Dios, y teniendo cuidado de no juzgar o condenar al otro. Estoy dispuesto a que otros me digan la verdad de mí misma. Vivo en la verdad. No quiero nada de engaño en mi vida.
Vivo una vida de justicia, en obediencia a la Palabra de Dios. Hago lo correcto y cumplo con mis deberes y responsabilidades.
Predico el evangelio con mi boca y con mi manera de vivir. El evangelio que predico es la de paz, paz con otros y paz con Dios, por medio de la Cruz de Cristo.
Vivo una vida de fe en Dios, en la provisión de Dios, en su protección, en sus promesas, en su bondad hacía mí, en su victoria final, en su reino, y en la inminente venida de Cristo. Tengo un Dios quien especializa en hacer lo imposible.
Sé que soy salva por la obra de Cristo en la Cruz, acepta delante de Dios, y nada de lo que me pasa me hará dudar de ello. Vivo en el gozo de mi salvación, alabando al Señor y dándole gracias por haberme escogido.
Con esta armadura puesta y con todo pecado que conozco ya confesado y perdonado, y con toda mi confianza puesto en Cristo, en quien es y lo que ha logrado, estoy en condiciones de orar “con toda oración y súplica en el Espíritu por todos los santos”. Sin esta armadura no puedo orar, estoy fuera de combate.
La persona que vive una vida de engaño, practicando el pecado, en desacuerdo con el evangelio, sin confianza en Dios y en su Palabra, insegura de su salvación, no está en condiciones de orar. El enemigo ya ha vencido en su vida. No está para pedir por otros. Pero lo contrario es verdad también: la que vive con esta armadura puesta tiene audiencia delante de Dios, y sus oraciones serán eficaces en la lucha contra el diablo y principados, potestades, y los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad de las regiones celestes. ¡Asombroso! Selah.