“SI DECIMOS…”; “EL QUE DICE…”

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos… Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos… Si decimos que no hemos pecado, (a Dios) le hacemos mentiroso” (1 Juan 1:6, 8, 10).

“El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamiento es mentiroso… El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Juan 2:4, 9).

Con la repetición, lo que el apóstol Juan está denunciando es la hipocresía, la doble vida, el engaño, la mentira, la falsedad, la inconsecuencia, la contradicción y la necedad de pretender ser una cosa cuando nuestras acciones lo niegan. En esta sección de su epístola el apóstol dice que el que pretende ser creyente, pero no anda en la luz, se engaña a sí mismo. Dice que está en la luz, pero aborrece a su hermano. Dice que conoce a Dios, pero le hace mentiroso, porque no reconoce su pecado. Es imposible conocer a Dios y no saber que Él es honesto y veraz y que su palabra es verídica. A Dios le contradice para defenderse a sí mismo. Pretende conocerle, pero no guarda sus mandamientos, el principal mandamiento siendo que amemos al hermano.

El apóstol está señalando la contradicción tan grande entre lo que uno profesa y lo que hace. ¡Cuántos “creyentes” hay que no se examen, ni reconocen, ni confiesan su pecado! ¡Cuántos hay que no aman al hermano! Piensan que están andando en comunión con Dios cuando no tienen comunión con sus hermanos. Piensan que están viviendo la vida cristiana cuando no cumplen con el mandamiento de Cristo: “Un mandamiento nuevo os doy; Que os améis unos a otros; como yo os he amado; que también os améis unos a otros” (Jn. 13:34). “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12). Es un mandamiento nuevo porque el viejo dijo que amemos al prójimo como a nosotros mismos; ahora dice que le amemos como Jesús nos ha amado. ¡Es infinitamente más difícil que cumplir! El único amor suficiente para cumplir esta exigencia es el amor sobrenatural de Dios que procede del Espíritu Santo en nosotros.

El amor hacia el hermano no es una sensación, o un sentimiento emocionante. Son hechos. Consiste en bendecirle, hacerle bien y orar por él, como mínimo, aun cuando no nos cae bien, o cuando no estamos de acuerdo con él: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mat. 5:44).

No es amor negarle el saludo, insultarle, darle un empujón, levantar la voz y gritarle, rehusar hablar con él, llamarle palabrotas, pelear con él, girarle la cara, hablar mal de él a otros, complicarle la vida, o tramarle mal. Esto es aborrecerle. “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Juan 2:9). “El que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas” (v. 11). “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad” (1 Juan 1:5, 6). Practicar la verdad es amar. No amar es no conocer a Dios, porque “Dios es amor” (1 Juan 4:8).