“CONFIÓ EN DIOS”

“Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere” (Mat. 27:43).
La prueba más difícil para nuestra fe es cuando nos pasa algo malo después de haber confiado en Dios que esto nunca nos pasaría. Esta circunstancia se da, por ejemplo, cuando Dios te ha guiado en cierta dirección, y todo sale mal. O cuando habías confiado en que Dios iba a sanar a una persona, y se muere. O habías creído que Dios te había dado un trabajo, y lo pierdes. O que Dios guardaría a tu hijo en sus caminos, y se aparta. No ocurre aquello que esperabas con mucha fe. Nunca se presentó el hombre de tu vida después de muchos años esperándolo. Parece que Dios te ha fallado, que te ha abandonado justo cuando más le necesitabas. “¿Por qué no contestaste a mi clamor? Me fallaste”. Este dolor es indescriptible. Es el dolor de la traición de Dios.
Jesús ya había sido traicionado por uno que pretendía ser su amigo y negado por otro que lo era, pero esto no era nada en comparación con el dolor del abandono de su Padre en su hora de más necesidad. El diablo lo sabía y por eso pone en boca de sus enemigos las palabras: “Confió en Dios, líbrele ahora si le quiere” (Salmo 22:8). Lo que Satanás está diciendo es: “Si Dios no te libra, es porque no has sabido comprender su voluntad. Tú creías que era la cruz, pero te equivocaste, y el abandono que estás experimentando ahora demuestra que te equivocaste. ¡Tonto! Muérete ahora sabiendo que este no era el camino para salvar a tu pueblo, sabiendo que mueres en vano, para nada, que no vas a salvar a nadie, ni a ti mismo. Anda. Baja de la cruz. Aun estás a tiempo. Por lo menos puedes salvarte a ti mismo. Si no, te mueres abandonado por Dios, comprobando que te ha rechazado. No le has complacido. Has fracasado en lo que más deseabas: agradar a Dios, y en lo que más deseabas hacer: salvar a tu pueblo”.
Con esto vino la horrenda oscuridad simbolizando la ausencia de Dios (v. 45), y Jesús expresa en palabras del salmista lo que está sintiendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1). Dios me ha dejado. Dios mío, ¿dónde estás?
Nunca ha experimentado la fe una prueba tan fuerte como esta. Tú has sido decepcionado: tus ilusiones han sido pisoteados, no han salido las cosas como tú confiabas en que iban a salir. Has sido profundamente desilusionado, pero no has pasado nada tan poderosamente satánico como lo que pasó Jesús.
Dios permitió esta prueba por un motivo: “Líbrele ahora si le quiere… A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” (v. 42, 43). No pudo haber salvación para Jesús, ni por sí mismo, ni por el Padre. Dios salvó a su pueblo muchas veces, pero a su Hijo no le pudo salvar, porque quería salvarnos a ti y a mí. En cuanto a ti, ¿qué? Lo que sacas del ejemplo de Jesús es que cuando, según tu comprensión, Dios te ha fallado, lo hizo a propósito porque tuvo un plan y un propósito profundo al hacerlo que no conoces ahora, pero que se verá más adelante. Dios le pudo haber bajado de la cruz a su Hijo por medio de ángeles, pero esto nos habría dejado condenados a ti y a mí.
Padre, perdóname por esta duda tan insidiosa, escondida en el fondo de mi alma, acerca de tu aprobación de mí. Creía que era por mi culpa que salió tan diferente de lo que esperaba. Fortalece mi fe para que comprenda que tú tenías un propósito enormemente bueno al permitir pasar lo que pasó, y que un día lo veré. Amén.