CONTINUACIÓN

“El Santo Ser que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios” (Lu. 1:35, KJV).
“Por lo cual también lo nacido será llamado Santo, Hijo de Dios” (Lu. 1:35, BTX).
¿Qué hacía el Hijo de Dios antes de su encarnación, en los días de la eternidad cuando vivía en el Cielo con el Padre antes de venir a este mundo? Si hemos pensando en el tema, a lo mejor pensábamos que vivía una vida de palacio, disfrutando de los goces de estar con el Padre en la compañía de los ángeles. Lo poco que la Biblia nos revela de su vida antes de nacer en Belén nos muestra que no vino a este mundo por primera vez, ni para mostrar su primera identificación con los seres humanos. El Hijo de Dios siempre había estado involucrado en la vida de su pueblo en este mundo. Lo nuevo de la Navidad es que vino esta vez en forma humana.
El Hijo de Dios nos ha amado siempre. Su presencia espiritual siempre ha acompañado a su pueblo. La Biblia nos cuenta unas veces que vino en forma del “Ángel del Señor”. Estas ocasiones son un tesoro para nosotros para ayudarnos a comprender que el Santo Ser cuya venida al mundo celebramos en el día de hoy estaba esperando este día desde hacía siempre, siempre había luchado a favor de su pueblo, y siempre había obrado para nuestra liberación.
Le vemos como el Príncipe del ejército de Jehová antes de la conquista de Tierra Santa. Él se encargó de la lucha espiritual para que Canaán fuese la heredad del pueblo de Dios. Cuando se reveló así a Josué: “Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró” (Josué 5:14).
Le vemos como el que enviaba jueces para salvar a Israel de sus enemigos: “El Ángel de Jehová subió en la llama del altar ante los ojos de Manoa y de su mujer, los cuales se postraron en tierra… Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto” (Jueces 13: 20, 22).
Le vemos en compañía de angeles, fortaleciendo a los siervos de Dios para que puedan desempeñar su ministerio de intercesión a favor de la restauración de Israel: “Y aquel que tenía semejanza de hombre me tocó otra vez, y me fortaleció, y me dijo: Muy amado, no temas; la paz sea contigo; esfuérzate y aliéntate. Y mientras él me hablaba, recobré las fuerzas” (Daniel 10:18,19).
Y le vemos intercediendo al Padre a favor de su pueblo, ¡ahora desde la tierra!, en anticipación de su ministerio sacerdotal que seguiría desempeñando cuando venía en forma de hombre (Juan 17). En esta escena viene acompañado de ángeles que recorren la tierra para ver si Jerusalén se edificaba, y cuando sus emisarios le informan que no, clama al Padre: “Oh Jehová de los ejércitos, ¿Hasta cuando no tendrás piedad de Jerusalén… con la cual has estado airado por espacio de setenta años?” (Zac. 1:12).
Siempre ha estado en la lucha con nosotros, siempre velando por su pueblo, siempre en medio, entre el hombre y Dios. Cuando vino para morir era la manifestación suprema de su identificación con nosotros, llevando nuestro pecado, y su intercesión más alta, desde la Cruz: “Y fue contado entre los pecadores, habiendo cargado el pecado de multitudes y hecho intercesión por los transgresores” (Is. 53:12, KJV). El que nació en Belén era el mismo que siempre. Vino para hacer lo que siempre había hecho: librar a su pueblo y conducirlo a la victoria.