EL MUNDO DE ZACARÍAS

“En el octavo mes del año segundo de Darío vino palabra de Jehová al profeta Zacarías” (Zac. 1:1).
Has obedecido a Dios, y como consecuencia, esperas cosas grandes, pero en lugar de esto lo que tienes es duro trabajo, y todo parece tan insignificante. Esta fue la vida de nuestros hermanos cuando volvieron del exilio. Pensamos que volvieron al Israel que existía en su auge, en su edad de oro en tiempos de Salomón, pero nada podría ser más lejos de la realidad. Yehud, como lo llamaban los persas, o Judá, era una provincia pequeña dentro del vasto imperio persa que se extendía desde Grecia hasta la India, y desde Egipto hasta lo que es ahora Afganistán. Dentro del enorme imperio Judá ocupaba un territorio muy pequeño de 55 km. de norte al sur, y de 65 km. de este a oeste, con una población de unos 50,000 habitantes.
Jerusalén tenía una población muy pequeña con muchos problemas: económicas, sociales y políticas. Por falta de capital para invertir en la minería o la industria, la mayoría se dedicaban a la agricultura que dependía del clima y de las lluvias. Había mucha pobreza. Socialmente había conflicto entre los judíos que volvieron del exilio y los que nunca marcharon, y entre ellos y las naciones importadas por el gobierno para ocupar el territorio. Además había tensiones entre las familias del sur, de Judá, que se consideraban los verdaderos hijos de la tierra, y las que habían venido del norte, de las otras tribus. Había mucho potencial para conflictos y rivalidades. Y con la política también había tensiones. Yehud había formado parte de una provincia mayor con su capital en Samaria. Cuando volvieron los del exilio a Jerusalén los persas convirtieron el sur en una providencia semiindependiente con su propio gobernador. Claro, esto molestaba a los del norte y hacían todo lo que podían para estorbar la reconstrucción del sur. Los de Samaria complicaban sus vidas, denunciándoles al gobierno persa con cada pretexto que se presentaba. Esto lo vemos reflejado en el libro de Esdras. Los del norte, como sabemos, lograron parar la reconstrucción del templo durante 16 años.
Por todos estos motivos la vida en Judá era complicada y difícil. Los repatriados habían vuelto con muchas ilusiones y una firme fe en Dios quien había obrado para conseguir su liberación de Babilonia en cumplimiento de la profecía. Cruzaron el desierto dejando atrás todos sus posesiones materiales, amistades, lo familiar y una vida relativamente prospera y estable. Iban en pos del Dios de David, buscando el reino de Dios, esperando el bienestar y una vida fructífera bajo la sombra de sus alas, pero cuando llegaron al montón de escombros de lo que una vez era Jerusalén, y entraron en conflicto con los que supuestamente eran sus hermanos, y ninguna de sus expectativas se iba cumpliendo, fue duro. No es esto lo que nos enseñaron en la escuela dominical: el mar Rojo se abre ante Moisés, Josué conquista Jericó, David vence a Goliat; la fe triunfa. Pero en la vida cotidiana triunfa en medio de mucha dificultad, trabajo arduo y perseverancia. Una fe triunfalista se tiene que convertir en una fe perseverante si vamos a sobrevivir como creyentes en un ambiente hostil a Dios en el cual los milagros que Él obra no son espectaculares, sino que va cambiando nuestro carácter al de Cristo poco a poco, a la medida que vamos venciendo las dificultades en el poder del Espíritu Santo. Que nos dé ojos para verle en medio de los escombros al ir edificando su reino.