EL SEÑOR ENTRE LOS ARRAYANES

A los veinticuatro días del mes undécimo, que es el mes de Sabat, en el año segundo de Darío, vino palabra de Jehová a profeta Zacarías” (Zac. 1:7).
Tres meses más tarde el profeta recibe una serie de visiones, seis en total, todas en la misma noche. Son progresivas y desarrollan el mismo tema, el reino de Dios, el futuro glorioso de Sion. En la primera visión vemos al ángel del Señor montado en un caballo rojo entre unos arrayanes (mirtos) en un pequeño valle acompañado por tres grupos de jinetes celestiales en una misión de reconocer la tierra para ver lo que ocurre en ella. Esta hermosa visión, una vez que la entendemos traerá gozo a nuestro corazón. Es una revelación del Señor Jesús, en los días antes de su encarnación, como intercesor a favor de su pueblo.
Él envía su compañía de jinetes celestiales en todas direcciones para recorrer la tierra. Vuelven con el informe que el mundo entero está “reposado y quieto” (1:11). Pensamos que estas son buenas noticias, hasta ver la reacción de desconsuelo del Líder de la expedición: “Al escucharlo, el ángel del Señor elevó la siguiente oración: “Oh Señor de los Ejércitos Celestiales, durante los últimos setenta años has estado enojado con Jerusalén y con las cuidad de Judá. ¿Cuánto tiempo más pasará para que vuelvas a mostrarles compasión?” (1:12, NTV). De su reacción deducimos que está consternado porque no pasa nada, lo mismo que nosotros cuando oramos y no pasa nada. Él quiere que dos cosas ocurren: que Jerusalén sea reedificada y que los países que han cometido crímenes de guerra contra ella sean castigados, y no ocurre nada de esto. Babilonia hizo barbaridades contra la población civil y estrellaron los niños contras las rocas; las naciones alrededor aprovecharon su derrota para saquear la ciudad y matar a los refugiados que huían. Estas naciones ahora están disfrutando de paz y seguridad. No es justo.
Dios Padre escuchó al clamor angustiado de su Hijo y respondió con palabras consoladoras para Él y para la población de Jerusalén: el templo será reconstruida, la ciudad será reedificada. “Mi amor por Jerusalén y el monte Sión es intenso y ferviente. Sin embargo, estoy muy enojado con las otras naciones que ahora disfrutan de paz y seguridad. Mi templo será reedificado, dice el Señor de los Ejércitos Celestiales, y se tomarán medidas para la reconstrucción de Jerusalén. Otra vez el Señor consolará a Sión y elegirá Jerusalén para sí mismo” (1:16, 17).
Esta es una visión asombrosa, porque vemos el Señor Jesús en los días antes de su encarnación intercediendo al Padre por Jerusalén tal como le vemos en su oración sacerdotal intercediendo por su Iglesia (Juan 17). La justicia de Dios ha tomado lugar y ahora pide misericordia para Jerusalén y los pueblos de Judá. Dice que los setenta años ya han pasado y que ahora toca a Dios cumplir su promesa. Su petición coincide con la de Daniel (Dan. 9). ¡Ambos, Daniel y Jesús, están intercediendo por lo mismo en base a la misma promesa! Es maravilloso pensar en Jesús orando nuestras oraciones, del Espíritu Santo llevándonos a los dos a orar lo mismo. No solo oye nuestras oraciones, ¡las ora! Nosotros clamamos a Dios y Jesús clama, y las dos oraciones coinciden. Es obra del Espíritu Santo. No estamos solos orando, Jesús intercede con nosotros, pidiendo lo mismo. ¡Es más de lo que nuestra mente puede asimilar!