HACER CASO DE LA PALABRA PROFÉTICA

“En el octavo mes del año segundo de Darío vino palabra de Jehová al profeta Zacarías, hijo de Berequías, hijo de Iddo, diciendo… A los veinticuatro días del mes undécimo, que es el mes de Sabat, en el año segundo de Darío, vino palabra de Jehová a profeta Zacarías” (Zac. 1:1, 7).
El verdadero profeta nunca hablaba de lo que sabía o pensaba, sino que transmitía el mensaje que había recibido de Dios: “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombre de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21). Jesús, como profeta, hacía lo mismo: Las palabras que habló no eran suyas sino las que habían recibido del Padre (Jn. 14:24).
Nos dimos cuenta con la introducción de su libro (1:1-6) que el profeta va al grano con un mensaje claro y contundente: ¿Vais a ser como vuestros padres, insensatos, que hicieron caso omiso a la palabra de Dios por medio de los profetas anteriores y fueron destruidos bajo su ira, o vais a cambiar? Si un predicador se dirigía a su congregación con semejante enfoque, ¿cómo reaccionaría la gente? El mensaje para hoy sería: ¿Vais a hacer caso a la Palabra de Dios o ser destruidos por Dios? Este es el mensaje que la juventud necesita oír antes de apartarse al mundo, para que se vayan con el temor a Dios en sus corazones, no como la mujer que escuchó lo que la Biblia dice acerca del adulterio y dijo: “Sé que es pecado, pero lo voy a hacer de todas formas”. Siguió en su determinación de vivir con su amante sin temor a Dios alguno, inconsciente de que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios (Gal. 5:21). No le habían explicado las terribles consecuencias de practicar el pecado. No queremos que nadie se vaya de la iglesia para vivir en pecado creyendo que son salvos porque una vez profesaron fe. La palabra de Dios es clara: “El que practica el pecado es del diablo… Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado… En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3: 8-10). “Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo” (1 Juan 3:7). Hay muchos engañadores y muchos engañados hoy día. La evidencia que uno realmente conoce al Señor no es su doctrina, sino su vida de justicia. Los profetas, en cambio, sí explicaron con toda claridad lo que Dios exige y las consecuencias si no obedecemos: “No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron, ni me escucharon, dice Jehová. Vuestros padres, ¿dónde están?” (1:4, 5).
¿Y yo qué? ¿Voy a ser como ellos, o voy a vivir una vida de santidad en obediencia a la Palabra de Dios? Los que sobrevivieron el terrible castigo de la ira de Dios contra el pecado habían perdido todas sus posesiones, sus seres queridos, su tierra y su libertad. Solo fue entonces cuando dijeron “Como Jehová de los ejércitos pensó tratarnos conforme a nuestros caminos, y conforme a nuestras obras, así lo hizo con nosotros” (Zac. 1:6). Mucho mejor atender antes. Que aprendamos de la experiencia amarga de ellos sin tener que pasarlo nosotros. Que nuestra actitud sea: “Señor, yo quiero atender a tu palabra y obedecer tus mandamientos; dame tu gracia, ayúdame y encamíname”. “Ordena mis pasos con tu palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree de mí. Haz que tu rostro resplandezca sobre tu siervo, y enséñame tus estatutos. Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón” (Salmo 119:133, 135, 32).