NUESTRO FUTURO GLORIOSO

Cuando miré de nuevo, vi a un hombre con una cinta de medir en la mano. “¿Adónde vas?”, le pregunté. “Voy a medir Jerusalén”, me contestó, “para ver cuánto mide de ancho y de largo” (Zac. 2:1, 2, NTV).
Hasta ahora hemos visto que los ángeles, nosotros, y el Señor Jesús estamos trabajando juntos en la construcción del reino de Dios.
Vimos que el clamor del pueblo de Dios llega a su Trono desde los cuatro confines de la tierra, y desde el cielo mismo, de parte de la Persona de nuestro Salvador, el Intercesor por excelencia y el primero interesado, y que el Dios Omnipotente se levanta de su Trono para establecer su Reino en la tierra: “Calle toda carne delante de Jehová; porque él se ha levantado de su santa morada” (Zac. 2:13). Esta es la lectura de hoy. Y nuestra respuesta es: “¡Amén y aleluya! Así sea. ¡Ven pronto, Señor Jesús!”.
La tercera visión, pues. Esta visión es una respuesta de la oración que oímos en la primera visión: “Oh Jehová de los ejércitos, ¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén?” (1:12). Y explica el resultado del trabajo de los carpinteros: “Éstos han vendido para hacerlos temblar, para derribar los cuernos de las naciones que alzaron el cuerno sobre la tierra de Judá para dispersarla” (1:21). Jerusalén será establecida y los dispersados reunidos para formar parte de su numerosa población. Los carpinteros que edifican el reino vencerán toda oposición política y a los poderes de las tinieblas que están detrás, con el poder del evangelio que llegará al mundo entero, y los redimidos de todas las naciones se congregarán en la Santa Ciudad, y Jerusalén rebozará de gente salva de todas las naciones, pueblos y lenguas: “Sin muros será habitada Jerusalén a causa de la multitud de hombres y de ganado en medio de ella. Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella. Canta y alégrate, hija de Sion: Porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, ha dicho Jehová. Y unirán muchas naciones a Jehová en aquel día, me serán por pueblo, y moraré en medio de ti” (2:4, 5, 10, 11).
“Me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo de Dios, teniendo la gloria de Dios” (Ap. 21:10, 11). La gloria de Dios llenará la ciudad como llenó el templo en la visión de Ezequiel (43:1-5) y sobrepasará sus límites para llenar toda la ciudad. De hecho, no habrá templo: “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella” (Ap. 21:22-24). La gloria de Dios llenará la tierra. Jerusalén será llena de la gloria de Dios.
“He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Ap. 21:3) es el cumplimiento de Zac. 2:10: “Porque he aquí vengo y moraré en medio de ti, ha dicho Jehová”. Todos los profetas y apóstoles coinciden en lo mismo, y el libro de Apocalipsis termina de rematar la gloriosa revelación. Las promesas de Dios dadas a sus profetas tienen su culminación en el día final y sobrepasan sus sueños más extravagantes, y nosotros, gentiles, formamos parte de este pueblo que heredará estas gloriosas promesas.