¿QUÉ ES UNA PERSONA ESPIRITUAL? (1)

“De manera que yo, hermanos, no puedo hablaros como espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (1 Cor. 3:1).
¿Cómo reconocemos que una persona es espiritual?
Una persona espiritual está guiada por el Espíritu, no por sus inclinaciones naturales, sus deseos carnales, su temperamento, sus prejuicios, sus necesidades, sino que está libre de todos estos factores condicionantes para ser dirigido por el Espíritu Santo en su forma de conducirse, de pensar y en las decisiones que toma: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rom. 8:14), “los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:1). Sus planes y proyectos son espirituales, no según los “designios de la carne que no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Rom 8:7).
Está lleno del Espíritu Santo, no de sí mismo. Es sabio, aprovecha bien el tiempo, comprende la voluntad de Dios revelada en es Escrituras y la hace (Ef. 5:15-17). Habla de cosas espirituales; canta y alaba y da gracias al Señor fuera de horas del culto; no es prepotente, sino sumiso (Ef. 5:18-21).
Manifiesta la presencia del Espíritu y la vida del Espíritu. “El Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado” (Rom. 8:2). No va pecando, causando conflictos. Transmite la presencia del Señor, no la de su voluntad. Es contagioso; su presencia te introduce en la presencia de Dios. No vive en una nube de preocupación, absorbido en lo que tiene que hacer, o pensando en todas las cosas normales de la vida que ocupan la mente de los incrédulos, menos las cosas de Dios.
Manifiesta los frutos del Espíritu. Es una persona amorosa, gozosa, pacífica, paciente, amable, buena, fiel, humilde y en control de sí misma (Gal. 5:22-23). Se nota que el Espíritu Santo está en su vida por el carácter que tiene. Es parecido al carácter de Cristo. “Por el Espíritu hace morir las obras de la carne” (Romanos 8:13), para hacer las obras del Espíritu.
Desarrolla los dones del Espíritu para ayudar a otros, no para su propia satisfacción, protagonismo, o beneficio (1 Cor. 12). Es un siervo del Señor.
Convive con el Señor. El Señor forma parte de su mentalidad. Piensa según las Escrituras. Siempre está orando, pensando en el Señor, hablando del Señor. Vive mirando al Señor, contando con el Señor, consultando al Señor, conversando con el Señor. Él Señor es el aire que respira. “Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Rom. 8:5). “Vive según el Espíritu” (Romanos 8: 9), es decir, de acuerdo con la manera del Espíritu de hacer las cosas, según la ley de Dios, con el orden de Dios en su vida, en armonía y comunión con el Espíritu. Conoce al Espíritu, es sensible a su dirección, reconoce su voz y le obedece, y el Espíritu le va abriendo un mundo invisible delante de su ojos: ve al Señor Jesús, las cosas espirituales cobran vida y entidad, la Palabra le habla, y el amor de Dios es derramado en su corazón por el Espíritu (Romanos 5:5), y vive en este amor.
Así es la persona espiritual.