¿QUÉ ES UNA PERSONA INCONVERSA?

“De manera que yo, hermanos, no puedo hablaros como espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (1 Cor. 3:1).
Los hay que no son ni espirituales, ni carnales, sino incrédulos. ¿Cómo se distingue entre un creyente carnal y uno que no es creyente, aunque pretende serlo? Al inconverso:
No le hace ilusión que Cristo venga, ni irse para estar con el Señor: “Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:2, 3).
No ama a su hermano. La persona carnal es bien diferente a la persona espiritual. Muchas veces persigue a la persona espiritual como lo hizo Caín con Abel: “Que nos amemos uno a otros, no como Caín, que era del maligno y mató a su hermano” (1 Juan 3:12).
No hace justicia. Su vida no es una vida justa, sino de evidente pecado: “El que hace justicia es justo, como él es justo. Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3:7, 10).
Practica el pecado. Está enganchado en los mismos pecados que desde hace años. No hay una transformación en su vida. “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8).
Cae bien al mundo. Tiene plena aceptación de parte del mundo. “Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece” (1 Juan 3:13).
No comparte su dinero o sus bienes con los que tienen necesidad: “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1 Juan 3:17). El creyente muestra su amor de forma práctica: “Hijitos no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).
No guarda los mandamientos de Dios, ni tampoco hace lo que a Dios le agrada: “Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él… El que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 3:22, 24). Para el incrédulo los mandamientos de Dios son anticuados, no atañen, pertenecen al legalismo y no tienen relevancia hoy día. No le apetece ponerlos por obra, ni pretende hacerlo.
No está en comunión con el Señor, ni tiene el testimonio del Espíritu de que es de Él: “Los que obedecen los mandamientos de Dios permanecen en comunión con él, y él permanece en comunión con ellos. Y sabemos que él vive en nosotros porque el Espíritu que nos dio vive en nosotros” (1 Juan 3:24, NTV). “Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (RV60).