QUIETOS DELANTE DEL SEÑOR

“Calle toda carne delante de Jehová; porque él se he levantado de su santa morada” (Zac. 2:13).
¿Por qué nos hemos de callar delante del Señor? Porque nuestra súplica de “¿Hasta cuándo?” (Zac. 1:12) ha llegado a sus oídos y se ha levantado de su Trono para responder a ella. Dios se levanta para trabajar y se sienta para descansar cuando ha acabado su trabajo, como, por ejemplo, cuando terminó la obra de creación (Gen. 2:2). Ya no es necesario seguir clamando. El clamor ha surtido efecto. Podemos callar. Dios está para hacer algo. Hemos de prestar atención.
Nuestra actitud debe ser de temor reverente. Se trata de Dios. Hemos de guardar silencio y estar pendientes de Él. Dios había dado a los judíos preciosas y grandísimas promesas y se necesita tiempo para asimilarlas y meditar en ellas. Ha prometido:
Que castigará las naciones que han despojado Israel (2:8 y Ap. 18).
Que vendrá para vivir entre su pueblo (2:10). En la visión de Ezequiel vimos cómo Dios había dejado su templo (Ez. 10 y11). Posteriormente el profeta tuvo otra visión de su regreso al templo (Ez. 43:1-5). Aquí Dios repite la misma promesa por medio de otro profeta, y es nuestra esperanza final: “¡Miren, el hogar de Dios ahora está entre su pueblo!” (Ap. 21:3, NTV).
Que incorporará muchas naciones en “Israel” (2:11) de modo que Israel ahora será multinacional. Es una redefinición de Israel cumplida en la Iglesia y consumada en la gran multitud de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas que nadie podía contar, de Apocalipsis 7:9.
Que Jerusalén será la capital del reino de Dios. Esta promesa se cumple en el futuro inmediato en la reedificación de la ciudad y finalmente en la nueva Jerusalén que desciende del cielo de Dios (Ap. 21:2).
Lo que Dios ha prometido es tan enorme que necesitamos tiempo para meditar en ello y para meditar necesitamos estar quietos y adorar. Dios lo ha prometido; Él lo hará.
Cuando lleguemos a formar parte de aquel gran multitud que nadie puede contar con palmas en las manos aclamando al Señor Jesús como Rey, en aquel día se cumplirá la palabra dada por boca del profeta Zacarías y sabremos que el Señor Omnipotente ha hablado por medio de él (Zac. 2:11). Diremos: “No ha faltado una palabra de todos las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros; todas os han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas” (Josué 23:14). Jerusalén será la gloria de toda la tierra y los redimidos de todas las naciones irán a ella y el Señor Jesús reinará para siempre. Ahora Dios se ha levantado de su santa morada para poner en marcha todo lo que ha prometido. Levantemos, pues, nuestros corazones a Dios en adoración silenciosa. Guardemos silencio delante de Él, porque Dios se está moviendo.