SIMBOLISMO PROFÉTICO

“Canta y alégrate, hija de Sion; porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti” (Zac. 2:10).
Un símbolo comunica más que mil palabras. Toma, por ejemplo, la Cruz. Una cruz encierra todo el mensaje de la Biblia. Podríamos hablar de ella durante horas sin agotar el tema. Sobre la marcha vamos aprendiendo el significado de muchos símbolos y con ello es más fácil la interpretación de las Escrituras. El mensaje del símbolo no siempre es literal. Tenemos varios ejemplos en este capítulo.
“Sin muros será habitada Jerusalén… Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor” (2:4, 5). La segunda idea es obviamente simbólica, pero la primera también. Jerusalén no estaría sin muros. Dios mandará a Nehemías a reconstruir los muros alrededor de la ciudad 70 años más tarde. Un muro simboliza protección. Dios dice que Él mismo, no una pared de piedra, será la protección de los habitantes de Jerusalén. Esto se hace extensivo a todo creyente, no solo a los que literalmente viven dentro de los confines de la ciudad. Dios es nuestra protección. Él es como un muro de fuego alrededor de nosotros para protegernos de los embistes del enemigo de nuestras almas. En Él estamos seguros.
“Oh Sion, la que moras con la hija de de Babilonia, escápate” (2:7). Esto no significa que los judíos que viven en Babilonia tienen que huir. Babilonia ya había caído en el año 539 cuando fue conquistado por Ciro el Grande. Fue debido a su caída y el cambio de gobierno de Babilonia a Persia que los exiliados pudieron regresar a Israel. Babilonia es el símbolo de todas las naciones hostiles a Dios y su pueblo (Ap. 18). Representa la ciudad del hombre que le levanta en orgullo contra todo lo que es Dios. Es la continuación de la Torre de Babel (Gen. 11). El mensaje de este símbolo para todo creyente es que hemos de dejar el mundo para seguir a Cristo, es decir, dejar todo lo que estorba el desarrollo de nuestra vida cristiana.
Dios castigará “a las naciones que os despojaron; porque el que os toca, toca a la niña de su ojo” (2:8). Como vimos, la Babilonia histórica ya había caído, pero sigue siendo cierto que el que nos toca, toca la niña de su ojo, o: “Cualquiera que te dañe, daña a mi más preciada posesión. Levantaré mi puño para aplastarlos” (2:8, 9, NTV). Está en consonancia con el contexto y el resto de las Escrituras aplicar este principio a nosotros. Dios castigará a los que nos hacen sufrir. La venganza es suya. Él es justo. Y sigue siendo cierto que somos la niña de su ojo, su más preciada posesión. Podemos descansar en su tierno amor para nosotros y en su justicia.
“Y Jehová poseerá a Judá su heredad, y escogerá aún a Jerusalén” (2:12). “La tierra de Judá será la preciada posesión del Señor y él elegirá una vez más a Jerusalén para ser su ciudad” (2:12, NTV). Dios no cambia su elección, la ratifica. Aunque parece por un tiempo que alguien se le ha escapado, Dios todavía le tiene elegido. El que es hijo de Dios es eternamente suyo, y después de un periodo en que esta persona parece haberse desviado del camino, la disciplina de Dios le llegará, y Dios le volverá a escoger, por así decirlo, y él volverá al redil del Buen Pastor. Dios no cambia. Somos el especial tesoro del Señor. Él es nuestra protección. Lo nuestro es huir del mundo y cantar y alegrarnos en Él, que vive en medio de nuestro ser.