SUBLIME GRACIA

“Siendo justificados gratuitamente por su gracia” (Rom. 3:24).
En la ocasión del cincuenta aniversario de la Iglesia de Montornés, cantamos un himno, “Sublime gracia”, como testimonio personal al público no creyente después de oír una breve introducción sobre su origen por mi marido, que aquí sigue. En el año 1779, en pleno fervor del “avivamiento evangélico” con figuras como Juan Wesley y George Whitefield, salió a luz un himnario, una colección de himnos (Olney Hymns) para el uso congregacional, compuesto por dos personajes destacados en la historia de la iglesia evangélica: William Cowper y John Newton. William Cowper era un hombre que luchó toda la vida contra fuertes ataques de depresión, pero es considerado uno de los mejores poetas británicos del siglo XVIII. John Newton, el compositor de Amazing Grace, fue un hombre con un pasado terrible. A la edad de 22 años había conseguido ser capitán de un barco que transportaba esclavos de África a Norteamérica. Hacía la infame ruta triangular, llevando bisutería y otras comodidades baratas desde Inglaterra a África, donde se cambiaban por esclavos; y esclavos a Norteamérica donde se cambiaban por materiales primas para el mercado inglés. Él mismo describió su juventud como “impía y disoluta”. Pero en una tempestad violenta que duró 26 horas, clamó a Dios; y así empezó el camino que lo llevó a una profunda conversión, como resultado de la cual se hizo pastor evangélico.
Cowper y Newton tenían tres metas cuando compusieron sus himnos. (1) La letra tenía que ser sencilla, fácilmente comprensible para todos los asistentes, no solo para los académicamente privilegiados. (2) A la vez, el contenido del himno tenía que ser teológicamente profundo. (3) Y la melodía tenía que ser pegadiza, para que toda la congregación la aprendiera rápidamente. Así, esperaban que las grandes doctrinas de la fe cristiana penetraran en la mente aun de los más analfabetos a través de la música.
Pero “Amazing Grace” no es solo teología, sino testimonio, la descripción del peregrinaje espiritual. Newton se describe a sí mismo como “infeliz”; en inglés, “wretch”, que no solo significa triste, sino sinvergüenza, infame, ruin. Da fe de la experiencia de su “convicción de pecado”, el primer paso en el camino de la salvación. Cuando el Espíritu Santo empieza a trabaja en la vida de una persona, le revela todo la miseria de su condición moral y espiritual delante de Dios, su bancarrota total. Pero en medio de la agonía de este autodescubrimiento, irrumpe un rayo de luz, la “sublime gracia” de Dios. Si no has conocido la terrible revelación de tus pecados, nunca puedes apreciar debidamente la inmensidad del amor inmerecido de Dios. “Sublime” quizás no sea la mejor traducción, sino más bien “asombrosa”: Yo tan indigno, miserable y perdido, y Dios me ama a mí. Después de señalarnos nuestra miseria, la gracia señala la persona de Jesucristo como modelo de humanidad, y propone el plan de Dios mediante el cual podemos dejar atrás nuestra miseria y ser trasformados a la imagen de Jesús. Yo, el pecador; Jesús, el Salvador: “Perdido estaba, mas Jesús me halló y me salvó”. Primero viene la gracia que “nos enseña a temer”; después, la gracia despeja el temor y trae alivio. Las buenas nuevas del evangelio empiezan comunicándonos una muy mala noticia: que todos tenemos que comparecer ante un Dios justo y darle cuentas de nuestra vida; y que somos impresentables. Este himno es amado por millones de personas porque expresa la realidad de su encuentro personal con Jesús y su subsecuente conversión.