ZACARÍAS, LA PERSONA DEL PROFETA

“En el octavo mes del año segundo de Darío vino palabra de Jehová al profeta Zacarías, hijo de Berequías, hijo de Iddo, diciendo…” (Zac. 1:1).
Zacarías fue contemporáneo del profeta Hageo, y de Zorobabel y Jesúa que habían vuelto de la cautividad para liderar el grupo de repatriados en la reconstrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, como ya hemos visto: “Cuando los profetas Hageo y Zacarías, hijo de Iddo, profetizaron a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén, en el nombre del Dios de Israel que estaba sobre ellos, Zorobabel, hijo de Salatiel, y Jesúa hijo de Josadac, se levantaron entonces y comenzaron a reedificar la casa de Dios en Jerusalén; y los profetas estaban con ellos apoyándoles” (Esdras 5:1, 2). ¡Qué importante fue la palabra de Dios en la reconstrucción de Jerusalén! ¡Qué hermoso ejemplo de un trabajo en conjunto: el sumo sacerdote, el gobernador, y los profetas de Dios apoyándolos!, cada uno en su puesto, cada uno necesario para llevar a cabo la obra. Este es el hermoso trabajo en equipo que hace prosperar la obra de Dios.
Del profeta mismo no tenemos mucha información. Se cree que su abuelo era sacerdote. Esdras no menciona a su padre, solo al abuelo, porque era más conocido. El comentarista dice: “Como miembro de una de la familias sacerdotales importantes, Zacarías habría pertenecido a una de las categorías superiores de la sociedad. Debía ser una persona influyente, una figura pública que trataba un amplio abanico de cuestiones relacionadas con la política, la religión y la justicia social”.
El tono del libro de Zacarías es constructivo, positivo y de buen ánimo. Vemos que el gobernador y el sumo sacerdote tuvieron confianza absoluto en él: creyeron y respondieron en seguida a sus profecías. No dudaron ni por un momento del origen divino de sus profecías y actuaron en obediencia a la palabra de Dios que venía por medio de él. Esto nos dice mucho del hombre Zacarías. Fue fiel a Dios y fiel al transmitir el mensaje que había recibido de parte de él. Esta es la medida de un verdadero profeta de Dios, no su popularidad con la gente, ni la respuesta afirmativa de la gente a su predicación, sino su fidelidad a Dios.
Lo mismo es cierto de nosotros. Debemos ser la clase de personas que inspiramos confianza, o sea, debemos tener credibilidad, de modo que cuando expresamos nuestras convicciones en cuanto a la voluntad de Dios, la gente toma en serio nuestro criterio.
No se puede juzgar nuestro ministerio por la respuesta de la gente, porque esto ya está fuera de nuestro control, sino por nuestra fidelidad a Dios. La gente no respondió al mensaje de Jeremías, pero su fidelidad a Dios es incuestionable, y en esto consiste el éxito, no en nuestra popularidad, sino en nuestra fidelidad. “Así pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Cor. 4:2). Que la fidelidad a Dios sea nuestra meta, no el éxito en la estimación de los hombres.