¿AVIVAMIENTO O REFORMA? (1)

¿AVIVAMIENTO O REFORMA? (1)
“Busqué entre ellos un hombre que levantara un vallado y que se pusiera en la brecha delante de Mí, a favor de la tierra, para que Yo no la destruyera, pero no lo hallé” (Ez. 22:30).
Estamos celebrando el 500 aniversario de la reforma de Lutero. Surge la pregunta: ¿qué es lo que necesitamos hoy, avivamiento o una segunda reforma?
En los avivamientos, Dios obra de tal forma que se producen conversiones masivas de gente de la calle. Cae la convicción de pecado sobre gente dondequiera que se encuentre, en el mercado, en casa, al pasar delante de una iglesia, y se quebrantan llorando y clamando a Dios bajo la convicción de pecado y la visión del infierno. A veces pasan días en agonía, implorando misericordia, antes de encontrar alivio. Detrás hay hombres santos de Dios, con un grado de santidad y entrega poco comunes, con gran carga para las almas, que pasan horas orando al diario, a solas y en grupos pequeños con hermanos como ellos. Estos avivamientos han visto a miles entrar en el reino y toda la sociedad sacudida por el poder del evangelio.
La reforma fue diferente. Fue un mover de Dios dentro de la iglesia profesante, que había llegado a un grado de corrupción insostenible. Se había desviado de su base, introduciendo tradiciones de hombres en el lugar de la Palabra de Dios. No solo estaba mal la doctrina, sino también la práctica. Las vidas de los sacerdotes estaban plagadas de inmoralidad, codicia, vicios, ambiciones políticas, engaño e impiedad. Dominaban al pueblo con mano de hierro. Sacaban dinero de los pobres. No conocían ni a Dios, ni a las Escrituras. Era todo un montaje para la gloria del hombre. Las misas parecían más al misticismo, a la superstición, al ocultismo y a la magia barata que el culto a Dios. Cambiaban el pan y vino en cuerpo y sangre de Cristo y luego lo adoraban. Ponían agua en la cabeza de un bebé, y declaraban que ya estaba libre del pecado original. Los sacramentos constituían el único camino de salvación, los administraba la iglesia, y fuera de ella no había salvación. El purgatorio era temible, pero de allí se podía salir con dinero. Las masas se mantenían en ignorancia, temor y servidumbre al clero católico.
¿Qué es lo que necesitamos hoy? ¿Un avivamiento o una reforma? Es decir, ¿un mover de Dios en la calle o en la iglesia? Si se convirtiesen miles, ¿a qué clase de iglesias los introduciríamos? En muchos casos serían escandalizados con lo que se encuentran, porque en Europa la iglesia está tan lejos de Dios como en tiempos de Lutero. La evidencia es que no hay conversiones. Iglesias se dividen y se cierran.
La iglesia que profesa conocer a Dios está como Israel antes de la cautividad. La religión en Israel tenía que haber abarcado, además del Templo, el gobierno y la vida cotidiana, pero lejos de hacerlo, todos los sectores de la sociedad eran corruptos. Los gobernantes eran injustos y violentos, los sacerdotes profanaban lo sagrado, los profetas profetizaban sus propias ideas, y el pueblo maltrataba a los pobres y practicaba la idolatría de sus vecinos paganos. (Ez. 22:1-29). Dios buscaba un intercesor: “Busqué entre ellos un hombre que levantara un vallado y que se pusiera en la brecha delante de Mí, a favor de la tierra, para que Yo no la destruyera, pero no lo hallé. Por tanto, derramé sobre ellos mi ira” (Ez. 22:30). Lutero fue el hombre de Dios en su día. ¿Quién lo será hoy? Si no lo hay, ¿qué será de nosotros?