¿AVIVAMIENTO O REFORMA? (2)

“Busqué entre ellos un hombre que levantara un vallado y que se pusiera en la brecha delante de Mí, a favor de la tierra, para que Yo no la destruyera, pero no lo hallé” (Ez. 22:30).
¿Cómo está el estado de la iglesia hoy? Podríamos escribir una lista de 95 desviaciones de la Palabra de Dios al igual que Lutero. Si el culto en su día parecía un acto místico alejado de la vida cotidiana, los nuestros parecen un show teatral, una discoteca, una plataforma política, o una extensión de la sociedad con los mismos énfasis: los derechos del individuo, la defensa de la mujer, atención al pobre, y la no discriminación contra ninguna clase de pecado. Promocionan la igualdad y aceptación de toda la inmoralidad que la persona libremente quiere practicar. Buscan el favor del ayuntamiento y la aceptación de la sociedad e intentan ser políticamente correctos; ¡lejos sea de nosotros denunciar ningún pecado que practica nuestro país!
A grandes rasgos, con notables excepciones, dentro de la iglesia no se habla del pecado, no se practica la disciplina, ni se advierte de sus consecuencias, y menos se habla del infierno. Se da por sentado que todos los que asisten son salvos. No se enseña sobre la vida de santidad, o la oración, o el tiempo devocional, o el culto familiar en casa, ni se practica. Se acepta toda clase de escandalosa inmoralidad, y no pasa nada; no se espera nada mejor de los miembros. A los hijos no se les disciplina, y hay un éxodo masivo de ellos en la adolescencia; se van al mundo sin haber adquirido el más mínimo temor a Dios. Los matrimonios se rompen con la misma frecuencia como en la calle. La congregación no se somete a la autoridad de sus ancianos, ni los ancianos reúnen los requisitos establecidos por los apóstoles. La opinión de cualquier miembro de la iglesia es tan válida como la del apóstol Pablo. No hay evangelización, ni oración, ni estudio de la palabra, ni conocimiento de Dios.
El evangelio que se predica es defectuoso. No se predica sobre las exigencias de Dios, la ley de Dios, la ira de Dios, la condenación, el infierno. Se habla de una decisión fácil, mental, que no compromete a nada. Y una vez tomada la decisión, se le da la seguridad a esta persona que es eternamente salva, ¡sin nunca haber estado bajo convicción de pecado! Pero la persona está tranquila y sigue viviendo su vida mundana con la seguridad de que va al cielo. El resultado es que hay mucha gente en nuestras iglesias que un día se van a despertar a una realidad terrible.
¿Y cómo va la vida dentro de la iglesia? Rivalidades, enemistades, pleitos, celos amargos, discriminaciones, círculos cerrados, personas ocupando lugares sin tener los dones para hacerlo, falta de orden y reverencia, y un sentimentalismo o el aburrimiento, en ambos casos, sin la presencia de Dios.
¿Cuál es la solución? ¿Conversiones masivas en la calle? ¿En qué clase de iglesia los vamos a meter? Estamos como dijo Jesús: “Atravesamos tierra y mar para hacer un prosélito, y cuando lo hemos hallado, le hacemos más un hijo del infierno que nosotros” (Mateo 23:15). Dios está buscando a “un hombre que levante un vallado y que se ponga en la brecha delante de Él a favor del pueblo”. ¿Dónde está Lutero? ¿Dónde está Abraham? ¿Dónde está Daniel? Supliquemos a Dios que levante un hombre para esta hora.