EL CANDELABRO Y LOS DOS OLIVOS

“He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro… y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda” (Zac. 4:2, 3).
Ya nos encontramos en la otra visión central de las ocho visiones del profeta Zacarías. Estas dos nos revelan a Cristo. Es la del candelabro y los dos olivos que hemos comentado en otras ocasiones, pero ¡en la palabra de Dios no hay pan duro! Siempre encontramos cosas nuevas. ¿Ahora cómo le veremos a nuestro Señor?
Vemos un candelabro de oro con siete luces y canales que conectan los olivos al depósito de aceite del candelabro. Pensaríamos que los olivos suplen aceite al candelabro, pero es al revés, ¡el depósito suministro aceite a los olivos! El candelabro representa a Dios, los dos olivos representan a Jesúa y Zorobabel respectivamente, y el aceite al Espíritu Santo. ¿Dónde está Cristo? Jesúa y Zorobabel juntos representan al Señor Jesús, como hemos dicho anteriormente, en su oficio de Sumo Sacerdote y Rey.
En la visión anterior, dejamos a Jesúa puro para ejecutar su ministerio, condición que siempre ha tenido Cristo, excepto cuando se cargó con nuestro pecado, el estado al cual volvió cuando lo había quitado de en medio, dejándole limpio y perfecto de nuevo para interceder por nosotros en base a su sacrificio. En esta visión tenemos a Zorobabel con un ministerio imposible debido a los obstáculos insuperables que se alzan en su camino como grandes montañas. Tiene que reconstruir el Templo y la obra está parada. Dios dice: “¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura” (v. 7), y “No con ejércitos, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (v. 6). En el poder del Espíritu Santo, Zorobabel va a superar los obstáculos y edificará el Templo, y él mismo terminará la obra: “Él sacará la principal piedra con aclamaciones de: Gracia, gracia a ella” (v. 7). Se refiere a la última piedra, no a la primera, a la piedra de remate, la que completa la edificación.
Este es un milagro de la gracia de Dios. Zorobabel verá acabada la obra que comenzó con tanto entusiasmo hace tantos años, y que fue parado por las autoridades. ¡La acabará! ¡Qué promesa más maravillosa para nosotros también! Aunque nuestra obra esté parada durante años, Dios hará que podamos terminarla, ¡nosotros mismos! No debemos despreciar nuestros pobres comienzos y pensar que no han llegado a nada. Las veremos completadas: “Porque los que menospreciaron el día de la pequeñeces se alegrarán, y verán la plomada (para la reconstrucción) en la mano de Zorobabel” (v. 10). Zorobabel y Jesúa han sido ungidos con el Espíritu Santo de Dios para ejecutar sus ministerios y los dos llevarán a término sus obras respectivas.
¿Y qué tiene que ver esto con el Señor Jesús? Todo. El empezó su ministerio, fue muerto y la obra cesó, pero Dios le resucitó para continuarlo, y lo está haciendo como nuestro Sumo Sacerdote y Rey, el que edifica el verdadero Templo de Dios. El rey Salomón edificó el Tempo material, Jesús el espiritual, de piedras vivas. Él es la piedra del ángulo y la piedra de remate, el primero y el último, el Alfa y la Omega. Murió y resucitó para edificar su Iglesia y Él mismo volverá como la Ultima Piedra, y el Templo estará completo. Volverá acompañado por gritos de: “¡Esplendida! ¡Qué esplendida es!” (v. 7, IBEC), esta nueva creación suya.