EL ESPÍRITU DE LA REFORMA

“Y ciertamente aun considero todas las cosas como pérdida por la superioridad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por el cual perdí todas las cosas, y las tengo por estiércol, para ganar a Cristo” (Fil. 3:8).
El himno de Martin Lutero refleja el mismo sentir:
Nos pueden despojar de bienes, nombre, hogar,
El cuerpo destruir, mas siempre ha de existir
De Dios el Reino eterno. Amén.
Este es el espíritu de la Reforma, y la de la Palabra de Dios también. Choca frontalmente con el de nuestros días, centrado en el egoísmo y la comodidad, en mi felicidad, confort y bienestar. Choca con las ideas de nuestra sociedad que defienden mi derecho a lo que me corresponde. Choca con las ideas de la “Iglesia de la Prosperidad” que enseña que si tienes fe, Dios te bendecirá económicamente. Choca con el espíritu de la constitución de los Estados Unidos que dice que tenemos el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. El creyente busca la vida eterna, la libertad del pecado, y el gozo del Señor.
En la mentalidad reformista no importa lo que me pasa a mí, lo que importa es el bien del Reino de Dios. Lutero afirmó que, puesto que la sobrevivencia del Reino está garantizado por la Palabra de Dios, no importa si perdemos todo, pues la Palabra de Dios triunfará. Ni importa si yo muero en la batalla, sino que se gana la guerra, y de esto podemos estar seguros. Yo no soy el protagonista, el Reino de Cristo lo es.
Esta fue la mentalidad del Señor Jesús. Se despojó de todo y se dejó matar por amor al Reino. Estando en forma de Dios, se hizo hombre, y siendo hombre, no se aferró a su propia vida. ¿Buscas grandes cosas para ti misma? No eres seguidora de Cristo.
Lutero se enfrentó con la sociedad alemana y la Iglesia oficial mientras que nosotros nos acoplamos a la sociedad y hacemos componendas con la Iglesia oficial para no ofender a nadie. Cuando Lutero clavó las 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, sabía que le podía costar la vida, y estaba dispuesto a pagar el precio, porque tuvo la tremenda convicción de que aunque le matasen a él, no podrían destruir la Palabra de Dios.
¿Qué pasaría hoy si la iglesia de Cristo levantase una campaña contra el matrimonio gay y el aborto, y a favor de la educación cristiana de los niños? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a perder los bienes, la familia, y la propia vida en la causa de Cristo? ¿Tendríamos gozo por sufrir por amor a su Nombre? Este fue el espíritu de los apóstoles y de los reformadores.
Martin Lutero también escribió este otro himno. No buscaba división, conflicto y guerra, sino paz y unidad, como vemos en los últimos dos estrofas:
“Señor, mantennos firmes en tu palabra, frena a los que emplean el engaño y la espada para quitar el reino de tu Hijo y deshacer todo lo que Él ha logrado”.
Señor Jesucristo, muestra tu poder, pues solo tú eres Señor de señores. Defiende tu cristianismo para que podamos cantar tus alabanzas eternamente. Amén.
Oh Consolador inestimable, envía paz y unidad a la tierra. Apóyanos en nuestra lucha final, y condúcenos por medio de la muerte a la vida eterna. Amén.