EL MÁXIMO EN INTERCESIÓN

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).
Cuando una madre está desesperada por la salvación de su hijo, hará cualquier cosa para verlo salvo, pagaría el precio que fuese. Su amor no tiene límites. Le ama más que su propia vida, más que su alma. Daría su vida por él, sin dudar un momento, y le parecería poco. Llega a un punto en su intercesión delante de Dios en que le ofrece su salvación eterna a cambio de la salvación de su hijo. Es lo más valiosa que tiene. No hay cosa que más valora que su eterna relación de amor con Dios, y ésta la sacrificaría con tal de que su hijo la tuviera. Entonces intenta hacer un trato con Dios: su alma por el alma de su hijo. Le suplica que le deje cambiar lugares con él, que Dios le dé su lugar en el cielo y que permita que ella ocupe el suyo en el infierno. Le dice a Dios: “Te ofrezco mi eternidad en el cielo contigo a cambio de la salvación de mi hijo. Deja que él vaya al cielo en mi lugar y yo iré al infierno en el suyo. Aunque yo me condeno, él será salvo”. No es que ame poco a Dios y valora poco el cielo, no lo podría amar más, pero ama a su hijo más que a sí misma y está dispuesta a darle lo que más valora.
Es un chasco cuando su petición es denegada. La respuesta que recibe es: “Lo que tú ofreces no vale lo suficiente para comprar la salvación de tu hijo”.
Sin duda alguna, Abraham habría cambiado de lugar con su hijo en el altar. Sacrificar al hijo era más costoso que sacrificarse a sí mismo. Pregunta a cualquier madre. Abraham ilustra el amor de un padre pagando el último precio en obediencia a Dios. Pablo, en su amor por Israel, dice que sea maldito él para que Israel sea salvo: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Rom. 9:3).
Jesús en la Cruz fue maldito por nosotros en nuestro lugar. No solo cambió su vida por la nuestra, esto es fácil si amas: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13), sino que sacrificó su vida eterna por nuestra salvación, porque la vida que él tenía en sí mismo era vida eterna (Juan 5:26). Fue su vida eterna por la nuestra vida eterna. Fue maldito por nosotros. Tomó nuestra condenación y nos dio su salvación a cambio. Tomó sobre sí nuestra maldición y la consecuente condenación, y sufrió nuestro infierno para darnos aceptación con Dios. Cambió su relación de amor con su Padre por nuestra separación y perdición. Él fue maldito por el Padre para que nosotros pudiésemos ser los benditos del Padre. Cambió su justicia por nuestro pecado. Esto fue el trato: su alma por el nuestro. Él fue condenado y abandonado por el Padre para que nosotros pudiésemos ocupar su lugar de bienaventuranza en el seno del Padre.
Tú dices, “Pero solo estuvo en la cruz unas horas y muerto tres días, no por la eternidad”. Ya entramos en un terreno que no entendemos, el del tiempo y la eternidad donde no existe el tiempo. Lo que sabemos es que sufrió nuestro infierno para darnos su vida eterna. Sacrificó todo lo que tenía, lo más valorado siendo su eterna relación de amor con el Padre, que fue roto cuando Él fue maldito. Fue condenado por el Padre para que nosotros pudiésemos ser aceptados eternamente. No hay mayor amor que este.