EL REMANENTE

“…los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lu. 2:38).
Cuando los Magos trajeron la buena nueva a Jerusalén, la reacción de los escribas y maestros de la ley fue nula. Ellos informaron a Herodes que el Mesías tenía que nacer en Belén, pero ninguno de ellos fue a buscarle. ¿Para qué sirve tanto conocimiento de las Escrituras si no conduce a Cristo? ¡Solo para mayor condenación! Ni ellos, ni nadie en Jerusalén se regocijó por su nacimiento, pero había notables excepciones, porque Dios siempre ha tenido un remanente fiel.
A los ocho días Jesús fue presentado en el templo (Lu. 2:21-38). Dios usó a gentiles (los magos del Oriente) y a una mujer para llevar las buenas nueva a Jerusalén. ¡Estos son los caminos de Dios! No obró por medio del sistema religioso establecido. Esta mujer, Ana, fue profetisa. Se quedó viuda muy joven, a lo mejor con veinte y pico de años. Vivió la experiencia triste de perder a su marido, pero en lugar de rehacer su vida, aprovechó su libertad para dedicarse a Dios y servirle con todas sus fuerzas.
Era de la tribu de Aser, es decir, de una de las tribus del reino del norte. Hubo emigración al sur por parte de los israelitas que querían adorar a Dios tal como la ley estipulaba, con el culto centrado en el Templo de Jerusalén, el único lugar donde estaba la presencia de Dios, donde Él moraba en el Lugar Santísimo. Lo suyo no fue una devoción idolátrica del Templo, sino al Dios del Templo. Esto encaja con lo poco que sabemos de ella, porque el texto dice que “no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones” (v. 37).
Era profetisa; recibía la palabra de Dios y la transmitía. ¿Dónde estaban los profetas varones? La Biblia no nos habla de ningún profeta que sirviera a Dios en este tiempo, solo de ella. Para nosotras las mujeres es un halago que el profeta que Dios usó para evangelizar a Jerusalén fuese una mujer, pero, a la vez, es una tristeza, porque significa que no había hombres dispuestos a pagar el precio. Cuando Dios usa a una mujer para un ministerio que normalmente es para hombres, lo hace para señalar que la religión está en decadencia, que no hay vocación, y así estaba cuando Jesús nació. Hacía 400 años que Israel había estado sin voz profética y la persona que Dios levantó para esta hora tan importante fue una mujer.
Como ella no salía del templo, sino que adoraba a Dios con ayuno y oración día y noche, conocía a todas las personas que lo frecuentaban y ya tenía una red de amigos que amaban al Señor y esperaban al Mesías. Estas personas se atraen. Dentro de la religión establecida había un remanente que conocía al Señor y su Palabra y estaba pendiente del cumplimiento de las profecías, sobre todo, la del Mesías. Estas personas se conocían y se relacionaban. Había una iglesia dentro de la iglesia, por así decirlo.
Ana era muy mayor. El texto no es claro si era viuda de 84 años de edad o si había sido viuda por ochenta y cuatro años. Y todavía Dios tenía una misión para ella. Llevaba toda la vida preparándose para ella con vigilias de oración y días de ayuno. Estaba rebosando de Dios. Fue ella quien hablaba del Mesías a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Dios tenía su gente preparada. Había un remanente que le esperaba a Jesús con los brazos abiertos y el corazón lleno de amor, al igual que hoy.