EL ROLLO VOLANTE

“Esta es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra; porque todo aquel que hurta (como está de un lado del rollo) será destruido; y todo aquel que jura falsamente (como está del otro lado del rollo) será destruido” (Zac. 5:3).
Ya estamos en la sexta de las visiones de Zacarías. Las tres primeras tienen que ver con la comunidad, las dos de en medio con Zorobabel y Jesúa, y los tres restantes con la comunidad. Esta en concreta tiene que ver con su pureza. Dios está decretando juicio sobre los que roban y los que juran mintiendo, e invocan el nombre de Dios al hacerlo. Cuando alguien jura por Dios mintiendo, es una ofensa contra Dios muy grave. Se trata de la persona que rompe los Diez Mandamientos, en este caso, los siguientes: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano. No hurtarás. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Ex. 20:7, 15, 16). La persona que persiste en el pecado sin arrepentirse será cortada del pueblo de Dios.
Este mensaje va dirigido a los judíos que han vuelto de la cautividad y se han restablecido en Jerusalén y en las ciudades alrededor, para reedificar el Templo y restablecer Israel como nación. Este es el remanente. Son pocos, pero ¡Dios no tendrá ningún reparo en hacer que sean aun menos! Exige santidad a su pueblo. Han vuelto de Babilonia para vivir bajo el gobierno de Dios. La ley de la tierra son los Diez Mandamientos y el resto de la ley de Moisés. La persona que forma parte de la comunidad sin la intención de vivir en santidad y en obediencia a la ley de Dios, no tiene parte en ella.
Aquí hay una persona que ni respeta al prójimo, ni a Dios. Al prójimo le roba y dice mentiras acerca de él para difamarle, hacerle daño y quitar sus bienes o su buen nombre. Jura por Dios que está diciendo la verdad cuando está mintiendo. Dios dice que ha enviado su palabra, de maldición contra él, como rollo volante, “y vendrá a la casa del ladrón, y a la casa del que jura falsamente en mi nombre; y permanecerá en medio de su casa y la consumirá con sus maderas y sus piedras” (v. 4). La persona será destruida con todo cuanto tiene.
Lo mismo es cierto de la Iglesia en el día de hoy. Hemos pagado el precio para salir del mundo y nos hemos incorporado en una comunidad cristiana gobernada por la Palabra de Dios. No podemos relajarnos y decir: “Ya está; no importa cómo vivo, ya soy miembro de la iglesia”. Dios está diciendo lo contrario. La persona que persiste en hacer daño a otros creyentes y no tiene temor a Dios, esta persona debe ser expulsada de la comunidad. Dios es santo y quiere que el pueblo que vive bajo su gobierno sea santo. El que no tiene la intención de vivir en santidad no puede formar parte de su Iglesia. Esto no ha cambiado con el Nuevo Testamento: “Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación. Habiendo purificado vuestras alma por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (1 Pedro 1:16, 17, 22). Esto es lo que Dios quiere de su Iglesia.
“Oh cómo te temo, Dios viviente, con profundo, tierno temor, y te adoro con esperanza temerosa, y aun deseas el amor de mi pobre corazón”. (F. W. Faber, 1814-63).