EPIFANÍA, ESTRELLA, LUZ

“Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo” (Mateo 2:9, 10).
Necesitamos luz para llegar a la Luz. Los magos tuvieron la luz de la estrella y la luz de la Palabra y estas dos cosas se unieron para dirigirles a Jesús. Dios usa lo sobrenatural, usa señales y usa nuestras circunstancias, y el mensaje de todas estas cosas coincide en que hemos de buscar a Jesús, y la Palabra de Dios termina de marcarnos el camino. Los magos vieron la estrella en oriente, decidieron emprender el viaje de una vida, el de encontrar al Mesías. La estrella apareció, pero no les iba delante hasta llegar a Jerusalén; desapareció. Con la luz que habían tenido, fueron allá adonde pensaban que era lógico ir: al palacio. Cuando una persona recibe algo de la luz de Dios, tiene que ser consecuente, y Dios le dará más luz. Fueron a Jerusalén y allí Dios les dio más luz, la luz de la Palabra que decía que el Niño estaba en Belén: “Y convocando todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, (Herodes) les preguntó donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tu Belén, de la tierra de Judá…” (Mateo 2:4 y Mi 5:2).
Luego, cuando salieron del palacio, la estrella volvió a aparecer, y ellos estaban pasmados de alegría con el nuevo milagro, porque les confirmaba que estaban bien encaminados: “He aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo”. La Palabra y la estrella decían lo mismo. Así funciona la búsqueda de Dios: luz y más luz y un esfuerzo por nuestra parte para seguir la luz que tenemos, todo el camino, hasta que encontramos a Jesús, y luego lo mismo, todos los días de nuestra vida, siempre recibiendo la luz de nuestras circunstancias y la luz de la Palabra, hasta que finalmente nos conduce a la Casa del Padre, plena Luz, y final del Camino.
Los profetas y los escritores de himnos concuerdan: “Levántate, resplandece; porque ha venido tu Luz (Jesús), y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti (Israel). Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones (pecado); mas sobre ti (Belén) amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria (la de Jesús). Y andarán las naciones (los gentiles) a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (Is. 60:1-3). En Jesús tenemos “conocimiento de salvación por el perdón de nuestros pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto de la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por caminos de paz, para que, librados de nuestros enemigos, sin temor le sirvamos en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días” (Lu. 1:77-79 y 74, 75).
El escritor del himno lo expresa así: “Tú, la más luminosa y gloriosa de las estrellas de la mañana, amanece sobre nuestra oscuridad y préstanos tu luz. Estrella del oeste, el horizonte adornando, guíanos hasta donde nuestro Redentor infante está acostado”.
Reginald Heber, 1783-1826