GOLPEA LA PUERTA

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá, porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; al que llama, se le abrirá” (Mat. 7:7, 8).
Parece que aquí hay una progresión en la intensidad con la cual buscamos ser atendidos por el Señor. Pedir puede ser simplemente mencionar una necesidad. No te levantas de la silla. Con toda tranquilidad pides lo que necesitas.
Buscar ya requiere más esfuerzo de nuestra parte. Nos acuerda de la parábola de la mujer que perdió la moneda. Dice: “¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no encienda la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?” (Lucas 15:8). No se da por vencida hasta no encontrar la moneda. “Busca con diligencia”. Se mueve. No está tranquila hasta no encontrar lo que busca.
Luego tenemos la persona que se desplaza a otra casa. La mujer perdió el dinero y lo buscó en la suya, pero el que llama, tiene que ir a la casa del otro y llamar a la puerta. Y sigue llamando hasta que se le abra. Esto nos recuerda la parábola de la viuda. Ella se fue hasta la casa del juez: “Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario” (Lucas 18:3). El juez se cansa con tanta insistencia y dice: “Esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia” (Lucas 18:5). El texto enfatiza: “viniendo de continuo”. Ella no vino solo una vez, sino muchas, y no tenía intención de desistir hasta no conseguir lo que pretendía. El juez lo captó y la atendió.
Hace años cuando íbamos casa en casa con Operación Movilización pasábamos el día llamando a puertas. En los pueblos las puertas eran de una madera simple, sin todos los sistemas de seguridad que hay hoy día. No hacían falta. Si querías conseguir la atención del que estaba dentro, tenías que golpear la puerta, fuerte, con el palmo de la mano para no hacerte daño. Sacudías toda la puerta. Hacías un gran ruido hasta que oías una voz por dentro que decía: “¿Qué quieres?”. Entonces podías presentar tu causa. En cambio, si no querías molestar, llamabas flojito una sola vez, y si nadie contestaba, decías: “No hay nadie”, e ibas a la próxima casa. Todo dependía de cuánto querías dar testimonio del Señor.
Pues es lo mismo con Dios. Si realmente queremos lo que pedimos, tendremos que aprender a golpear la puerta de Su Casa hasta que oímos una Voz por dentro que nos pregunta lo que deseamos, y entonces podemos presentar nuestra necesidad. La Biblia habla de insistir, de ser importunos, de no dejar de llamar hasta que se nos abra. De la otra manera, mencionamos la necesidad una sola vez, como el que no quiere una cosa, y pensamos que hemos cumplido y que Dios no quiere darnos lo que hemos pedido. Así no es. Hemos de aprender la lección de la viuda: desplazarnos a la Casa del Juez Justo y llamar a su puerta, muy fuerte, muchas veces, hasta que nos dé lo que estaba esperando darnos, pero quería saber si se lo pedíamos en serio.