JESÚS Y LA MUERTE DE SU PADRE

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15).
Ayer marcó el 42 aniversario de la muerte de mi padre. Mi hermano mayor escribió: “Me acuerdo de aquel día como si fuera ayer. Fui corriendo al hospital para llegar antes de que muriese, sin saber que ya estaba muerto cuando Mamá me llamó. Me acuerdo que después fui al aeropuerto para encontrar a G. y F. (mi hermana y su marido). Cuando bajaron del avión, desde lejos yo señalé que no, que ya era demasiado tarde”. Lo que no dijo, porque todos los hermanos lo sabemos, es que cuando llegó al hospital, entró corriendo en la habitación de mi padre y le encontró con los ojos cerrados y creyendo que estaba durmiendo, lo sacudió para despertarle, hasta que se dio cuenta de que ya no se iba a despertar.
Son momentos inolvidables en la vida. Dejan una impresión que no olvidamos. Marcan un antes y un después.
El Señor Jesús pasó por la muerte de su padre, José. José es mencionado por última vez en las páginas sagradas cuando Jesús tenía 12 años. Después no oímos más de él. Se supone que, en algún momento entre la edad de los 12 y los 30 años, Jesús perdió a su padre, porque en las bodas de Caná no estaba presente. ¿Qué habría supuesto esta pérdida para Jesús? Lo poco que sabemos de José es que era un hombre justo, misericordioso, obediente a Dios, dispuesto a perder su reputación por amor al Señor, sensible a la dirección de Dios y sacrificado. Tres veces dejó todo lo que tenía por amor a Dios: cuando dejó Nazaret, cuando dejó Belén, y cuando dejó Egipto. Era protector de su familia. Trabajador. Sencillo en su manera de vivir, pero profundo en su conocimiento de Dios. Tuvo profundas experiencias espirituales: sueños con ángeles, el milagro de Elisabet, el milagro del engendramiento del Hijo de su mujer, la visita con Ana y Simeón en el templo, la visita de los magos, la huida a Egipto. Enfrentó la persecución de Herodes, y el exilio. Enseñó a su Hijo su oficio. Trabajaban juntos. La relación entre ellos tenía que haber sido muy cercana. Pasaban los días trabajando juntos. Compartían la misma fe y la misma esperanza.
Perder a un padre así es una gran pérdida. Solo quedaba su madre que había vivido todas las experiencias impresionantes de su niñez con él. La tenía a ella, pero la casa no habría sido la misma sin José. María quedó viuda muy joven, y Jesús sin padre antes de los treinta años. Tenía más hermanos, pero no creían en él en aquel momento, y tampoco eran hermanos de madre y padre. Él era diferente. No podía compartir con ellos las cosas de Dios o tener la comunión con ellos que había tenido con su padre. José era su jefe en el trabajo, su maestro, un “hermano” en la fe y una persona con la cual había vivido experiencias únicas de Dios. Había unos lazos muy fuertes entre los dos. Cuando su padre faltó habría dejado un gran vacío en la vida de Jesús. No sabemos cómo lo vivió; solo sabemos que lloró cuando murió su amigo Lazaro. ¿Cómo no habría reaccionado cuando murió su padre? Lo habrá superado a solas con Dios. Pero lo seguro es que seguía amándole hasta el final de su vida en este mundo. Son muchas cosas las que no sabemos, porque no nos han sido reveladas. Pero cuando perdemos un padre, sabemos que Jesús también pasó por esta experiencia. Podemos acercarnos a él, sabiendo que entiende el dolor de nuestra pérdida. José ya no estaba.