LA CARGA

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mat. 11:28-30).
El yugo y la carga son la misma cosa. En la poesía y la enseñanza hebreas, la belleza literaria consiste en repetir la misma idea, pero con otras palabras. Cristo es el amo, no es el otro buey. Los que reciben la invitación a descansar son los que están oprimidos por la carga religiosa impuesta por los fariseos, escribas y maestros de la ley, carga que consistía en cumplir a rajatabla toda la ley para conseguir el favor de Dios. Esta carga era aplastante. Pesaba como una losa sobre sus espaldas. Nunca se sabía cuando se había hecho lo suficiente; siempre quedaba la posibilidad de quebrantar una ley; nunca había una seguridad que uno había conseguido aceptación con Dios. Este sistema legalista mantenía en esclavitud al pueblo.
Viene Jesús y dice que su carga es ligera. La salvación que él ofrece no consiste en cumplir toda la ley, sino en creer que él la cumplió en nuestro lugar. Solo hay un mandamiento que pone sobre nosotros para cumplirlo, no centenares como los fariseos, y ésta es la ley del amor: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12). ¡Casi nada! El amor es el cumplimiento de la ley. Si amamos, no haremos mal a nadie. Pero nadie puede amar como Cristo. Para hacer posible esta clase de amor, el Señor nos da su Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos es dado, no para que no tengamos que amar, sino para capacitarnos para hacerlo.
Si amamos al Señor, guardaremos sus mandamientos. Le amamos a él porque él nos amó primero, pero hace falta mucha sanidad interno antes de que una persona pueda sentirse amado por Dios. Somos muy complicados. Si no nos sentimos amados por Dios, intentaremos cumplir con una serie de deberes religiosos para intentar conseguir su amor. Puede tomar la forma de ir a cultos, leer la Biblia, ayudar en la iglesia, colaborar con una ONG, tener un comportamiento correcto, exigencias nuestras, una estricta obediencia a nuestros padres, un cumplir con los expectativas de nuestros familiares, y más cosas, pero nunca tenemos descanso o la seguridad que hemos hecho lo suficiente. Es una carga que no permite descanso.
Jesús da descanso de las cargas que nosotros nos imponemos, de las cargas religiosas que otros nos imponen, de la carga pesada de la ley, y la de cumplir con las expectativas de otros. Cuando percibimos su amor, le amamos, y amándole, amamos a otros con el amor con que él nos ha amado, y encontramos que esta es una carga ligera. La carga del amor no pesa.