LA CORONACIÓN DEL SUMO SACERDOTE (1)

“Tomarás, pues, plata y oro, harás coronas, y las pondrás en la cabeza del sumo sacerdote Josué (Jesúa) hijo de Sofonías” (Zac. 6:11).
Con esta profecía, Zacarías termina la primera parte de su libro. Es una profecía grandiosa y esperanzadora. ¿De quién imaginas que se puede tratar? ¡Lo has adivinado: del Señor Jesús! Veámoslo. Viene la palabra de Dios a Zacarías y le manda a tomar oro y plata de tres hombres que acaban de llegar de Babilonia, y que los lleve a un artesano llamado Josías para que haga una corona para coronar a Jesúa, el sumo sacerdote. Dios le dice: “Toma de los del cautiverio a Heldai, a Tobían y Jedaías, los cuales volvieron de Babilonia; e irás tú en aquel día y entrarás en casa de Josías” (v. 10), quien hará la corona. Estos tres hombres acaban de llegar a Jerusalén con esta ofrenda de oro y plata de parte de los creyentes que todavía vivían en Babilonia. No todos los judíos habían vuelto de la cautividad. Muchos quedaron en Babilonia por una variedad de motivos. No obstante, querían colaborar con la reconstrucción del Templo en Jerusalén. Se ve que habían convertido su dinero en oro y plata para transportarlo más fácilmente. Su contribución para el Templo se convertiría en una corona para aquel que realmente edificará la Casa de Dios, ¡igual que la nuestra! Viene a la mente el himno que dice: “Coronadle con muchas coronas, el Cordero sobre tu Trono”.
Volviendo a lo que Dios pidió a Zacarías, le tenía que haber chocado mucho. Los sumos sacerdotes no debían ser reyes. Estaba tajantemente prohibido. Algunos comentaristas piensan que el texto hebreo se corrompió y que originalmente decía Zorobabel y no Jesúa, porque él era el heredero del trono de David. Pero esto habría sido un obvio acto de traición contra el régimen Persa y con repercusiones inmediatas. No. Esto fue un acto simbólico. Representa la unificación de los dos oficios, el del sumo sacerdote y el del rey, en uno solo en la persona del Mesías. Él será Rey y Sacerdote.
Cuando Zacarías coronaba a Jesúa tenía que pronunciar estas palabras: “Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de Jehová. El edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado; y consejo de paz habrá entre ambos (oficios)” (7:12, 13). Esta es una evidente profecía del Señor Jesús cuyo nombre es el Renuevo: “Saldrá una vara del tronco de Isaí, un vástago retoñará de sus raíces” (Is. 11:1). (Isaí es el padre de David.) Parecía que la dinastía de David ya se había acabado. El último rey de Israel murió en la cautividad (Mateo 1:6-11). No había más reyes en Israel. Parecía que el tronco de Isaí se había secado para siempre cuando, ¡mira!; ¡un rebrote! Y de la tierra seca y árida de palestina surge un retoño verde y vivo, en el pueblo de Belén, en un establo; nace el último heredero del trono de su padre David, el Mesías de Israel, el Esperado desde hace mucho tiempo. Algunos habían perdido la esperanza en la larga espera, pero había otros como Simeón y Ana que todavía mantenían viva la esperanza mesiánica, y estaban preparados cuando vino, y “hablaban del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lucas 2:38). Y había otros: “Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas; a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1: 45). Éste es aquel de quien habló el profeta Zacarías.