LA ESPERANZA NO MUERE

“Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visito su estrella en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:1, 2).
¡Impresionante afirmación! ¿Cómo sabían ellos, mirando la estrella, que había nacido el Mesías, el Rey de los judíos, que era Dios encarnado, y que era su Mesías y Dios también, es decir, el Mesías y Dios de las otras naciones además de Israel? No les había hablado ningún ángel comunicándoles el significado de la estrella.
¿De dónde vinieron estos magos? El texto dice que del oriente. Se piensa que habrán venido de Persia, o de lo que hoy día se llama Irán. Este es el país donde los judíos pasaron la cautividad. Y de allí vienen los magos para adorar al Rey de los judíos, ¡el Rey del pueblo que fue conquistado por Babilonia! Los judíos habían lamentado: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sion” (Salmo 137:1), pero Dios iba a usar su desgracia para evangelizar medio mundo. (¡Dios utiliza aun nuestros fracasos para bien!). Recordemos que luego Babilonia fue conquistado por Persia, y que los persas eran los que permitieron que los judíos regresasen a su tierra después de setenta años de cautividad.
¿Quiénes estuvieron allí con los que estamos familiarizados? Ezequiel (Ez. 1:1); Daniel (Daniel 1:3); Zorobabel y Jesúa (Esdras 2:1, 2); Esdras: “Pasadas estas cosas, en el reinado de Artajerjes rey de Persia, Esdras… subió de Babilonia” (Esdras 7: 1, 6); Nehemías: “Palabras de Nehemías hijo de Hacalías. Aconteció en el mes de Quisleu, en el año veinte, estando en Susa, capital del reino (de Persia)…” (Neh. 1:1); y Ester: “Aconteció en los días de Asuero, el Asuero que reinó desde la India hasta Etiopía sobre ciento veintisiete provincias, que en aquellos días, cuando fue afirmado el rey Asuero sobre el trono de su reino, el cual estaba en Susa capital del reino,…” (Ester 1:1, 2). Estos hombres y mujeres dejaron su huella en Persia. A través de los milagros ocurridos en tiempos de Daniel, todo el vasto reino llegó a conocer del Dios de Israel. La maravillosa salvación de exterminio que Dios realizó en tiempos de Ester llamó la atención del imperio entero y mucha gente se convirtió al judaísmo: “Y en cada provincia y en cada ciudad donde llegó el mandamiento del rey, los judíos tuvieron alegría y gozo, banquete y día de pacer. Y muchos de entre los pueblos de la tierra se hacían judíos, porque el temor de los judíos había caído sobre ellos” (Ester 8:17).
Los judíos volvieron de la cautividad. Pasaron 430 años, y durante todos estos siglos la fe en el Dios de Israel se mantuvo viva en los hijos de los hijos de los que se habían convertido cuando los judíos estuvieron en Persia. La luz de la llama que se había encendida entonces no se apagó. Perduró en Oriente Medio la fe en la promesa de que un día en Israel nacería el Salvador del mundo. El testimonio de estos extraordinarios hombres de Dios nunca se perdió. Cuatrocientos años más tarde todavía había gente esperando el Mesías, mirando los cielos para ver si había alguna señal de su nacimiento, y finalmente su espera fue premiada. Apareció la estrella que esperaban. Dios comunicó con ellos en el idioma que entendían, la astrología, y ellos captaron el mensaje: Ha nacido. E hicieron el arduo viaje desde Persia a Jerusalén buscando a su Mesías, preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visito su estrella en el oriente, y venimos a adorarle”. La palabra de Dios sembrada hacía tantos siglos dio su fruto. Su semilla nunca muere.