LA SOLUCIÓN PARA EL PECADO

“He aquí, yo traigo a mi siervo el Renuevo” (Zac. 3:8).
Dejamos a Jesúa condenado por ser un hombre impuro, y a Israel sin esperanza delante de Dios por no tener ningún mediador digno. ¿Cómo puede este hombre reconstruir el Templo u oficiar en él? Pero ocurre algo inesperado. Dios no toma en cuenta los cargos contra él. Ordena que se le quite la ropa sucia y que le vista de ropa de gala. ¿Cómo puede pasar por alto el pecado? ¡Esta es una travestía de justicia! ¿En base a qué llega a ser aceptable delante de Dios? Es la antigua pregunta: “¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?” (Job 25:4).
Los versículos siguientes contestan la pregunta: “He aquí, yo traigo a mi siervo el Renuevo”. El hombre se queda limpio por la obra de este Siervo de Dios. Por medio de Él Dios quitará el pecado de Jesúa y el pecado de todos nosotros: “Quitaré el pecado de la tierra en un día” (v. 9). Este fue el día terrible en que Él cargó con nuestro pecado, “el justo por los injustos para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Y para que Jesúa se acuerde de esta promesa de enviar al Mesías y por medio de Él quitar nuestro pecado, le presenta con una piedra preciosa en la cual la promesa es grabada: “Porque he aquí aquella piedra que puse delante de Josué; sobre esta única piedra hay siete ojos; he aquí yo grabaré su escultura, dice Jehová de los ejércitos, y quitaré el pecado de la tierra en un día” (v. 9).
Este capítulo pinta un hermoso cuadro de nuestro maravilloso Señor Jesús: Es el perfecto Sumo Sacerdote y el perfecto sacrifico por el pecado. Nos representa delante de Dios y vive siempre para interceder por nosotros, presentándole la sangre de su propio sacrificio que asegura nuestra aceptación delante de Dios.
Entonces, en el último versículo, Dios revela el resultado final del perdón del pecado, cuando ya no exista más. Es lo que pasará cuando vuelva Jesús para dar comienzo a su reino eterno: “En aquel día, dice Jehová de los ejércitos, cada uno de vosotros convidará a su compañero, debajo de su vid y debajo de su higuera” (v. 10). Esta visión en pocas palabras resume la obra de Cristo culminando con nuestra esperanza futura: “Mi siervo el Renuevo quitará el pecado del mundo en un día y cada uno convidará a su compañero…”. El reino de Cristo es un lugar de paz y descanso, de comunión, de compañerismo, de bienestar y gozo compartido. Comer con amigos a la sombra de tu propia parra, en tu jardín, es un cuadro idílico del pueblo de Dios en su reino. Cada uno tiene su parcela, es productiva, la usa para dar hospitalidad a los que más quiere. Invitar a otros a comer en un día soleado bajo la sombra de tu parra es una delicia. Solemos pensar en el cielo como un lugar en que todo el mundo adora a Dios. Dios piensa en él como nosotros disfrutando de la comunión con nuestros amigos. ¡No hay nada egoísta en Dios! ¡Él es esplendido! ¡No tiene al hijo prodigo adorándole, sino disfrutando de un banquete con sus amigos! Y la redención de Cristo termina aquí, debajo de la vid y debajo de la higuera.