LOS EVANGELISTAS

“Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visito su estrella en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:1, 2).
Esta noche los tres reyes llegan al puerto de Barcelona para comenzar a celebrar la fiesta que es toda una mentira. En la realidad histórica, los emisarios que llegaron a Jerusalén no eran reyes, sino astrólogos, o sabios; quizás no fueran tres, no se sabe cuántos eran; no se llamaban Melchor, Gaspar, y Baltasar, no se saben sus nombres; y no venían de tres razas distintas. Lo único verdadero es que la gente de Barcelona no quiere al Rey cuyo nacimiento ellos vienen anunciando al igual que la gente de Jerusalén no quería al Rey cuya estrella los magos habían visto. Solo quieren una excusa para festejar.
Los magos fueron el medio que Dios había elegido para traer las buenas nuevas a Jerusalén, anunciándoles que su Mesías había nacido. Es curioso, tenemos a gentiles trayendo la buena nueva del evangelio a los judíos. Y la reacción de los que oyeron el mensaje no era de gran gozo, sino de turbación. “Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él” (Mateo 1:3). La noticia no fue recibida con alegría, ni de parte de Herodes, ni de parte del pueblo. Herodes era usurpador del trono, puesto allí por los romanos. Ni siquiera era judío, sino idumeo, es decir, edomita, descendiente de Esaú. Según el comentario de mi marido, el egoísmo y la ambición eran las fuerzas motrices de su gobierno. Había construido grandes monumentos en Jerusalén para ganar el favor de los judíos. Había reconstruido el templo, convirtiéndolo en una de las maravillas del mundo antiguo. Pretendía ser religioso, pero su religión personal era el engrandecimiento de sí mismo. Era un déspota, un tirano cruel, y por eso toda Jerusalén tembló ante su ira, porque ya había visto lo que era capaz de hacer cuando su trono era amenazado. Solo faltaba que oía que un pretendiente de su trono había nacido para despertar su paranoia y poner la ciudad en alerta roja.
La historia de los magos no es una historia bonita para niños, ni es motivo de celebración, sino una de hacernos rasgar las vestiduras. Primero no había lugar en el mesón para el recién llegado Mesías, y después “toda Jerusalén” se pone a temblar ante la noticia de su nacimiento. No tenía ni cama, ni silla. Su trono ya estaba ocupado por un usurpador violento e impío.
Esto nos lleva a pensar en el trono de nuestro corazón. ¿Pretendemos ser religiosos mientras defendemos nuestro derecho a reinar sobre nuestras vidas? Porque si vamos a celebrarle como nuestro Rey, tenemos que abdicar y dejarle gobernar, sometiendo nuestra voluntad a la suya. Él es nuestro Rey legítimo, el usurpador somos cada uno de nosotros hasta que nos rindamos ante sus pretensiones. Los magos nos sirven de ejemplo de la respuesta contraria a la de Herodes: “postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mira” (v. 11). Le reconocieron como su Rey, Pontífice y Salvador.