NUESTRO SUMO SACERDOTE

“Me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle” (Zac. 3:1).
Es muy interesante notar la estructura del libro de Zacarías. Se trata de ocho visiones, tres acerca del pueblo de Dios, dos acerca de Jesúa y Zorobabel, y tres más acerca del pueblo de Dios de manera que las dos de Jesúa y Zorobabel ocupan el lugar central. Como sabemos, Jesúa y Zorobabel juntos representan al Señor Jesús, Jesúa como Sumo sacerdote, y Zorobabel como heredero del trono de David. El Señor Jesús reúne los dos oficios en sí mismo: es nuestro Sumo Sacerdote y nuestro Rey, y aquí le vemos ocupando el lugar central en estas ocho visiones de Zacarías. Se trata de un quiasmo, una figura literaria que empleaban los escritores bíblicos, un párrafo, como diríamos nosotros, con las ideas primeras paralelas a las últimas, y la idea principal, que ellos querían enfatizar, en el centro. ¡El foco está en Jesús!
Merece la pena detenernos un poco para contemplar la figura del sumo sacerdote. En esta visión Jesúa se encuentra en el banquillo de los acusados. El ángel del Señor es el Juez, y Satanás es el fiscal que le acusa. Josué está vestido de ropas viles. Esto significa que no está en ninguna condición para representar al pueblo delante de Dios, ni tampoco para encabezar la obra de la reconstrucción del Templo. La situación es grave.
El sumo sacerdote tenía que ser intachable para poder ser el intermediario entre Dios y el pueblo. Según la ley de Moisés, tenía que mantenerse puro. Habría que cuidarse la alimentación, no tocar nada inmundo, ni ninguna cosa que podría contaminarle, no podía estar en contacto con ningún muerto, no podía casarse con una mujer que hubiese tenido relaciones sexuales con otro hombre (Lev. 21).
Cuando entraba en la presencia de Dios en el día de la Expiación, llevaba consigo la sangre de un animal sacrificado. Se vestía como está prescrito en la ley. En la cabeza llevada una mitra y, en la parte delantera, una lámina de oro fino con un grabado que leía: “SANTIDAD A JEHOVÁ” (Ex. 28:36). Sobre su pecho llevaba un gran collar que colgaba sobre su corazón con los nombres de las doce tribus de Israel (Ex. 28:6-30). La aceptación del pueblo delante de Dios dependía del él. Si él estaba en pecado, el pueblo quedaba excluido de la presencia de Dios. En la visión de Zacarías, el sumo sacerdote estaba vestido de ropas viles que le condenaban a él y a todo el pueblo.
Por contraste, inmediatamente pensamos en nuestro Sumo Sacerdote perfecto, el Señor Jesús: “Tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb. 8:26). Él, sí, nos puede representar delante de Dios por su perfección moral. No necesita acercarse con la sangre de un animal para el perdón de su propio pecado, porque no lo tuvo, ni para el pecado del pueblo, porque con su sangre consiguió el perdón absoluto y definitivo de todos los que representa. Ya no hay necesidad de ningún otro sacrificio, ni sacerdote nunca, porque Él ocupa este lugar para siempre: “Juró el Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre” (Heb. 7:21). Él es nuestro perfecto y eterno Mediador habiendo obtenido eterna redención con su sangre.