¿QUÉ LE DAREMOS?

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mira” (Mateo 2:11).
En el mundo que nos rodea, la luz de estos días de fiesta va desvaneciendo, las fiestas han terminado, y se vuelve a lo cotidiano, pero no en los corazones de los que amamos al Señor. Su luz es perpetua. Siempre va en aumento, no disminuye. Sigamos, pues, pensando en los regalos que queremos dar al que nació en Belén, ¡porque el día de regalar cosas a Dios no ha pasado!
El himno completo reza así:
“Tú, la más luminosa y gloriosa de las estrellas de la mañana, amanece sobre nuestra oscuridad y préstanos tu luz. Estrella del este, el horizonte adornando, guíanos hasta donde nuestro Redentor infante está acostado.
Frías en su cuna brillan las gotas de rocío, humilde reclina su cabeza con las bestias del establo; ángeles le adoran descansando reclinado; Creador, Monarca, y Salvador del mundo.
¿Qué le daremos en devoción costosa, perfumes de Edom y ofrendas divinas; joyas de la montaña y perlas del océano, mirra del bosque, u oro de la mina?
En vano ofrecemos cada rica oblación, en vano con regalos podemos conseguir su favor; mucho mas eficaz es la adoración del corazón, más valoradas para Dios son las oraciones del pobre.
Tú, la más luminosa y gloriosa del las estrellas de la mañana, amanece sobre nuestra oscuridad y préstanos tu luz. Estrella del este, el horizonte adornando, guíanos hasta donde nuestro Redentor infante está acostado”.
Reginald Heber, 1783-1826
En la iglesia donde íbamos cuando era niña, antes de pasar la ofrenda, siempre cantábamos:
“Te damos solo lo tuyo, sea lo que sea nuestra ofrenda, pues todo lo que tenemos es tuyo, un regalo que hemos recibido de ti”.
No por eso vamos a perder el encanto de dar al Señor: ofrendas de dinero, la dedicación de nuestro cuerpo, el uso de nuestro tiempo, todos nuestros dones, nuestras habilidades,
nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestros bienes materiales, nuestros sueños y aspiraciones, canciones de gratitud de nuestros labios, y el amor de nuestros corazones. Dios ama al dador alegre, nos da mucha alegría dar, y nos gusta sentirnos amados por Él al complacerle de esta manera. Sale redondo. ¡Todos somos bendecidos! Vaciemos, pues, todo lo nuestro a sus pies.