REGALOS

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mira” (Mateo 2:11).
Hoy es el día del regalo, pero no el que recibimos de familiares, ni siquiera el que damos a Dios, porque ¿qué podemos dar a Dios que no hemos recibido de Él? Incluso si le damos el corazón, es porque Él nos amó primero. ¡¿Por qué no celebramos lo que Dios nos ha dado?! “¡Gracias a Dios por su Don inefable!” (2 Cor. 9:15). Y juntamente con Él nos ha dado todas las cosas: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? (Rom. 8:32). Además de darnos su Hijo, Dios nos ha dado su Espíritu. Y, juntamente con Él, tenemos ¡los dones del Espíritu!
Lo único que podemos dar a Dios para corresponder a los regalos tan preciosos que nos ha dado, son la aceptación del Don de su Hijo y el uso de los dones del Espíritu que nos ha concedido. Esto es nuestra respuesta y nuestro “culto racional”, a saber, la de usar los dones del Espíritu que Dios ha confiado a cada uno de nosotros para que Él sea glorificado por medio de nuestras vidas.
Cuando damos un regalo, ¿no es verdad que deseamos que sea recibido con ilusión? Pues, Dios es igual a nosotros. Él quiere que nos haga ilusión el don o los dones que nos haya dado, tanto el de su Hijo, como los de su Espíritu: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría” (Rom. 12:6-8). El buen uso del don, acompañado con alegría, ilusión y amor para Dios y para nuestros hermanos, es la manera en que respondemos a los regalos que Dios nos ha dado.
Así que en el día de hoy nos disponemos a recordar los regalos que Dios nos ha dado, a darle las gracias otra vez por ellos, y a determinar que los vamos a seguir disfrutando y usando para darle gozo al Señor. Es lo único que podemos darle a Él, gozo al ser buenos recibidores, agradecidos por los dones que nos ha dado, y gloria, por ser buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.