DÍAS MEMORABLES PARA JESÚS

“Demas me ha desamparado, amando este mundo… Crescente fe a Galacia, y Tito a Dalmacia. Solo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráele contigo… A Tíquicio le envié a Efeso. Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas… En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon… pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación” (2 Tim. 4:10-13).
Cuando Pablo escribió 2 Timoteo ya no estaba en prisiones como las del último capítulo de Hechos, sino en prisiones mucho peores. No estaba atado a un soldado romano con relativa libertad en una casa alquilada, con una mesa para escribir y lugar para recibir visitas, sino en cadenas en una mazmorra en condiciones penosas. El lugar era frío, oscuro y húmedo. La única luz entraba por una apertura en el techo. Lucas estaba con él, y probablemente era él que escribía la carta mientras Pablo dictaba.
El sádico Nerón había incendiado Roma, por motivos solo conocidos a su mente trastornada y por la maldad de su corazón. Acusó a los cristianos como culpables del holocausto, y a Pablo en concreto, como uno de sus líderes. Esto había desencadenado una terrible persecución de la iglesia en la que miles sufrieron un martirio terrible, y muchos otros abandonaron la fe. Esto por un lado. Por otro, las iglesias estaban plegadas de falsos maestros, haciendo destrozos de la fe de los que quedaban. Fue una hora negra para la incipiente iglesia. Parecía que todo se acababa. Pero la fe de Pablo permanecía intacto, fe en que Jesús aún podía salvaguardar el evangelio.
Pablo le pide a Timoteo que venga cuánto antes y que le traiga su capa, pues tiene frío, y a Juan Marcos con él. En su primera defensa ninguno estuvo a su lado, todos le abandonaron, pero el Señor estuvo presente con él. Estas dificultades eran las que vivían juntos los dos, él y el Señor, durante aquellos meses difíciles en aquella celda fría y oscura mientras Pablo esperaba la muerte.
Para Jesús, sentado allí en el suelo con él, habría sido un tiempo de intensa comunión con un íntimo amigo que le comprendía y compartía su amor por la iglesia, uno que había gastado todo cuánto era y tenía para Él. Jesús compartía sus prisiones y su sufrimiento. El Señor no tiene a muchos así. Participaban juntos en la misma causa, uno divino y uno humano. Eran dos almas unidas. Se comprendían el uno al otro. La iglesia era de Jesús, pero Pablo había invertido su vida en ella también. Pablo sufría y el Señor sufría con él. Seguirían 2,000 años de historia, pero pocas veces ha podido sufrir Cristo con un hombre del talante de Pablo, que le amaba con esta intensidad y sufría por su iglesia con su mismo corazón. Qué comunión más profunda hay en el dolor compartido, juntamente con la seguridad de que, a pesar de las apariencias, la causa va a seguir adelante. Pablo sabía que estaba en la voluntad de Dios. Su esperanza personal de pronto estar en el reino eterno era brillante, pero estos momentos en la oscuridad de la mazmorra con Jesús eran incalificables. ¿Y qué habrían significado para Jesús? El Señor lo recordará eternamente, un tiempo inigualable de comunión, alma con alma, que Él tuvo con el apóstol Pablo, su amigo, a quien amaba.
Querido Jesús, tú conoces lo que yo estoy pasando. Ayúdame a vivirlo intensamente contigo, para que Tú y yo podemos recordarlo siempre, con ternura, en tu reino. Amén.