EL AYUNO

“Aconteció que en el año cuarto del rey Darío vino palabra de Jehová a Zacarías… cuando el pueblo de Betel había enviado a Sarezer, con Regem-melec y sus hombres, a implorar el favor de Jehová… diciendo: ¿Lloraremos en el mes quinto? ¿Haremos abstinencia como hemos hecho ya algunos años?” (Zac. 7:1-3).
Algunos años ya han pasado desde el comienzo del libro de Zacarías. Los judíos han retomado la tarea de la reconstrucción del Templo en obediencia a sus profecías. El Templo estaba a medio construir cuando llegó una delegación del reino del norte, concretamente de Betel, que estaba a unos 20 km. de Jerusalén, con una pregunta. El reino del norte no había ido a la cautividad. Durante los 70 años del exilio ellos habían guardado ayuno en ciertas fechas del año para llorar la destrucción del Templo. Ya que el Templo sería prontamente reconstruido, venían a preguntar si era necesario que siguiesen con este ayuno. Es una pregunta lógica. La respuesta de Dios no se hizo esperar. Penetra en nuestro interior para descubrir nuestras motivaciones. La respuesta completa finalmente tendrá cuatro partes: 7:4; 7:8; 8:1; 8:8.
Empecemos con la primera: “Cuando ayunasteis y llorasteis en el quinto y en el séptimo mes estos setenta años, ¿habéis ayunado para mí? Y cuando coméis y bebéis, ¿no coméis y bebéis para vosotros mismos?” (Zac. 7:5, 6). Dios está hilando muy fino. Quiere llegar a nuestras motivaciones al hacer lo que hacemos. ¿Lloraron porque el Templo estaba destruido o lloraron por el pecado que causó su destrucción? No basta hacer el bien. Lo tenemos que hacer con la correcta motivación.
Todos estos ayunos mencionados recordaban fechas importantes relacionadas con la caída de Jerusalen en 587 a. C. El ayuno del quinto mes señalaba la destrucción del Templo.
La respuesta de Dios estaba dirigida no solo a los de la delegación procedente de Betel, sino a “todo el pueblo del país, y a los sacerdotes” (v. 5). ¿Por qué guardaban los ayunos? ¿Por qué lloraban? ¿Era para volver a Dios con sinceridad y verdadero arrepentimiento? Se ve que no, porque todavía practicaban los mismos pecados. Y yo, ¿lloro por el desastre que me ha acontecido o por el pecado mío que estaba detrás? El ayuno verdadero es humillarnos delante de Dios y buscar la causa de nuestros desastres y luego cambiar nuestra conducta y poner en orden lo que está mal.
En su caso, Dios les clarifica (¡una vez más!) que la causa de la caída de Jerusalén y del cautiverio fue la desobediencia. No tuvieron misericordia, ni piedad, cada cual con su hermano; oprimieron a la viuda y al huérfano, al extranjero y al pobre, y cada uno pensaba mal en su corazón contra su hermano: “Haced misericordia y piedad cada cual con su hermano; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano” (v. 9, 10). Esta es una palabra de directa aplicación para nosotros.
El ayuno no es un método de presionar a Dios para que haga lo que yo estoy pidiendo, sino un tiempo para escucharle, para que Él me diga lo que está mal en mi vida, para que yo rectifique. Esto es el ayuno verdadero. Cuando hayamos puesto todo en orden, ¡finalmente es toda una bendición!