ARREPENTIMINETO EN AQUEL DÍA

“Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalem espíritu de gracia y de oración, y me mirarán a Mí, a Quien traspasaron, y llorarán como se llora por causa del unigénito, y se afligirán por Él como quien se aflige por el primogénito” (Zac. 12:10, BTX).
En aquel día, cuando el Espíritu Santo traiga convicción de pecado sobre Israel, el lamento será tremendo. Será como el lamento por el primogénito la noche cuando Dios pasó sobre Egipto y hirió a los primogénitos que no habían sacrificado un cordero en su lugar: “Y se levantó aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios; y hubo un gran clamor en Egipto porque no había casa donde no hubiese un muerto” (Ex. 12:30). Se compara al lamento por el rey Josías que murió atravesado por una flecha en el campo de batalla de Meguido (2 Cron. 23:22-25). Desde entonces su muerte se recordaba cada año en un día de luto nacional. “Y la tierra se lamentará, cada familia aparte” (Zac. 12:12).Todos los segmentos de la sociedad lamentarán: la casa de David y Natán (un hijo suyo), o sea, el liderazgo civil; las casa de Leví y Simeí, los sacerdotes; y todo el pueblo: “todas las familias restantes, familia por familia” (v. 14).
Es la gracia de Dios que nos lleva al arrepentimiento profundo (v. 10), que es el precursor de nuestra salvación, y esta misma gracia nos señala la fuente que limpia de pecado, el costado abierto de Cristo cuando fue traspasado por una lanza: “Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (ver Juan 19:34, 37), tal como profetizó Zacarías: “Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza” (13:1, BA). Y como escribió el poeta inglés hace siglos: “Hay una fuente lleno de la sangre, sacado de la venas de Emanuel, y pecadores sumergidos en esa fuente pierden todas sus manchas culpables” (William Cowper, 1731-1800).
Cuando Dios derrama su Espíritu, la respuesta es esta clase de arrepentimiento. Pedro dijo a los israelitas en el día de Pentecostés: “A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole… Al oír esto se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles; Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:23, 37, 39).
¿Cuál ha de ser nuestra respuesta al evangelio, cuando hemos entendido el mensaje de nuestra culpa al transgredir la ley de Dios y merecer la condenación eterna por nuestra condición delante de Dios? Ha de ser doble: arrepentirnos y poner nuestra confianza en la sangre que fluyó del costado abierto de Cristo para recibir la remisión de pecado. En aquel día Jesús dijo: “Esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28).
Luego el profeta escribe un poema para rematar lo que acaba de decir. Sigue refiriendo a lo que ocurrió “en aquel día”, en plena batalla, pero esta vez la víctima no es Dios, sino Alguien muy allegado a Él, y el que lo mata no es su pueblo, sino Dios mismo. Esto lo veremos mañana.