¿CÓMO NOS SALVA JESÚS?[1]

“Porque no hay distinción alguna, por cuanto todos pecaron, y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:22, 23, BTX).
Todo ser humano tiene dos condiciones que le priva de toda posibilidad de entrar en la gloriosa presencia de Dios: la culpa y el dominio del pecado. Somos culpables delante de Dios por el mal que hemos hecho y por el bien que no hemos hecho. Aun si fuera posible que Dios perdonase nuestra culpa, seguiríamos pecando, porque estamos bajo el dominio del pecado. El Tabernáculo en el desierto es una ayuda visual para ilustrar el camino de acceso a un Dios santo. Hay una sola puerta que representa a Jesús. Pasamos por ella. En el patio encontramos dos muebles, el primero soluciona el problema de nuestra culpa, y el segundo, el dominio del pecado. Hoy vamos a hablar de la solución de esta primera condición, la culpa.
El primer mueble, pues, es el altar sobre el cual se sacrificaban los animales para expiar el pecado del pueblo. Jesús es el cumplimiento del sacrificio en el altar. El sacerdote ponía sus manos encima de la cabeza del animal, pasándole el pecado a él. Éste era degollado y quemado, “porque la paga del pecado es la muerte”. Él era el sustituto del pecador. La muerte de los animales tenía valor porque anticipaba el de Cristo en el Calvario quien realmente quita el pecado: “He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Este versículo no tiene desperdicio. “He aquí”: aquí está; miradlo bien. “El cordero”: es único; han habido muchos; éste es el auténtico cordero. “De Dios”: provisto por Dios; enviado por Dios. “Que quita”: un verbo especial que significa “mover una cosa cargando con ella y llevándolo”, “llevar algo sobre sí y alejarlo”. “Del mundo”: no solo de Israel, sino del mundo entero.
Las consecuencias de la muerte de Cristo están plasmadas en estas palabras claves para nuestra comprensión de su obra: (1) Expiación, propiciación. Expiar tiene como objeto los pecados. Propiciar tiene como objeto a Dios. Se expían los pecados y se propicia a Dios. Se paga el precio del pecado y el que recibe la paga es Dios. (2) Justificación. Para entrar en la presencia de Dios, Él tiene que percibirte como perfecto. ¿Cómo puede Dios mirarte y verte perfecto? Lo hace en virtud de la muerte de Cristo quien pagó por tu pecado y solventó la deuda. Dios es justo y no cobra dos veces por la misma ofensa. Por lo tanto, te puede mirar y decir: “Este es mi hijo/ hija perfecto, justo”. (3) Redención. Tú eres el esclavo del tus deseos corruptos; el mundo implanta sus criterios y los seguimos como borregos; y detrás está el maligno. Necesitamos ser rescatados. Cristo nos redime pagando el precio de nuestro rescate. (4) Reconciliación. Tenemos paz con Dios, es decir, aceptación como hijos en la familia de Dios. También hemos sido reconciliados con los demás y con nosotros mismos. Somos aceptables, porque hemos sido aceptados por Dios. (5) Identificación. “Consideramos que si uno murió por todos, todos murieron”. Yo muero con Cristo y resucito con su vida en mí: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20). Todo esto es la obra de la Cruz, obra que vivo a diario y celebro cada domingo en la mesa del Señor.

[1] Basada en mis apuntes del mensaje dado por David Burt en Igualada 26/3/17