DIOS SE REVELA

“Y sucederá aquel día que me dispondré a destruir a todas las naciones que vengan contra Jerusalén. Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén, el Espíritu de gracia y de súplica, y me mirarán a mí, a quien han traspasado. Y se lamentarán por Él, como quien se lamente por un hijo único, y llorarán por Él, como se llora por un primogénito” (Zac. 12:9, 10, BA).
¿Qué ha pasado aquí? Israel está unido, está fuerte en Dios, está ganando la batalla contra todas las naciones cuando, de repente, se sumerge en llanto y luto y llora desconsoladamente ante la mayor de las tragedias. En el fragor de la batalla Dios se revela como ¡aquel a quien han traspasado! ¡Revelación abrumadora!
“El Padre de la gloria” les dio “un Espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de Él” (Ef. 1:17). El Espíritu Santo abrió sus ojos y los judíos se dieron cuenta de que ¡habían crucificado a su Dios! Esto es lo que el texto dice: “me mirarán a Mí, a Quien traspasaron” (BTX). Ven que el que cuelga en la Cruz es Dios, el que “extendió los cielos, y formó el espíritu del hombre en su interior” (v. 1), y que sus líderes religiosos, con el consentimiento de todo el pueblo, le han crucificado. Como dice el comentarista: “La imagen que se revela aquí es la de un ejército victorioso que, de repente, se ve inmersa en el dolor al darse cuenta de que su comandante supremo ha muerto en la batalla y (lo peor de todo) que sus propios seguidores han sido responsables de su muerte”. No hay milagro mayor: Israel ve que ¡crucificaron a Dios! Este es uno de los textos más importantes en la Biblia para establecer la divinidad de Cristo. Juan lo cita en su relato de la crucifixión: “Uno de los soldados le abrió el costado con su lanza, al instante salió sangre y agua… Estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura: Mirarán al que traspasaron” (Juan 19:34, 36, 37). Dios es Jesús. Dios está siendo crucificado.
Y esta revelación nos viene en el Antiguo Testamento. ¡Maravilloso! No es una reinterpretación posterior por parte de los cristianos, como podrían aducir los “enemigos de la Cruz de Cristo”, sino una revelación por parte del Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento: la victoria final de Israel sobre sus enemigos se procuró cuando Dios dio su vida por su pueblo en medio de la batalla de los siglos, la transcendente, la que se desencadenó cuando Satanás se rebeló contra Dios en el principio, y la que vino a este mundo cuando la Serpiente incitó a Adán y Eva a rebelarse también. Es la batalla de toda la historia entre los ángeles de Dios y “los principados, y potestades, los gobernadores de las tinieblas de este siglo, y las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12), y, en la tierra, contra las naciones de este mundo y el pueblo de Dios. Se ganó en la Cruz del Calvario a coste de la muerte del “Comandante del ejército del Señor” (Josué 5:15), la realización del cual, y de su tremenda culpa, precipita a Israel en un duelo de arrepentimiento bajo convicción de su horrendo pecado. Y este arrepentimiento profundo conduce a su salvación.
Juan vuelve a citar este pasaje: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él” (Ap. 1:7). Las naciones de este mundo se darán cuenta de lo mismo cuando Cristo vuelva, y también lamentarán, pero esta vez, no será para su salvación, sino para su condenación eterna.