LA CRUZ Y NUESTRA SALVACIÓN[1]

“Lejos esté de mí gloriarme, salvo en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal. 6:14).
La enseñanza de Jesús en el evangelio de Mateo está dividido en dos partes: la revelación de quién es, y la revelación de la necesidad de la Cruz. En la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). Pedro se hizo portavoz del grupo y contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mat. 16:16). Una vez que tenían esto claro, y no antes, Jesús procedió a enseñarles que “le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, y dos principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día” (Mateo 16:21). Esta enseñanza no comprendieron hasta después de la resurrección, en el camino a Emaús cuando les dijo: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera esta cosas, y que entrara en su gloria?” (Lucas 24: 25, 26).
Los profetas lo habían anunciado previamente. Un Mesías sufriente provoca reacción de desprecio y rechazo: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:3). Pero sufrió no por sus propios pecados, sino por los nuestros: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:4-6). Fue profetizado la manera de su padecimiento y sepultura: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte” (Is. 53:7-9). Estaba planeada su sepultura en el foso común con los delincuentes, hecho que habría eliminado la evidencia de la tumba vacía, pero, gracias a la intervención de José de Arimatea, tuvo una tumba aparte donde se podría comprobar que había resucitado. Este fue el plan de Dios: “Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. La voluntad de Jehová será en su mano prosperada” (Is. 53:10).
Como vimos en la meditación de ayer, la consecuencia de la muerte de Cristo es que el pecado ha sido expiado, Dios ha sido propiciado y nosotros hemos sido redimidos, perdonados y justificados. Por nuestra identificación con su muerte tenemos paz con Dios, reconciliación y aceptación en su familia, como sus hijos. Esto fue en el pasado, pero la Cruz tiene una continuidad. No es necesario repetir el sacrificio cada vez que pecamos, como los sacrificios continuos del tabernáculo, pero es necesario acudir a la cruz y confesar nuestro pecado diario, siempre que se produce: “Si dijéramos que no tenemos pecados, no engañamos a nosotros mismos…Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados…[porque] la sangre de Jesús su hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7-9). La cruz es nuestro altar, el único lugar donde podemos conseguir la limpieza de nuestra culpa. Tendremos que acudir a ella siempre que haga falta, hasta que por fin estemos con el Señor donde no pecaremos más.

[1] Basado en mis apuntes del mensaje dado por David Burt en Igualada 27/3/17