PURIFICACIÓN EN LA BATALLA

“¡Oh espada, levántate contra mi pastor, y contra el hombre compañero mío!, dice Yahvé Sebaot! ¡Hiere al pastor, y sean dispersadas las ovejas, y volveré mi mano contra los pequeñitos!… Las dos terceras partes serán cortadas de [la tierra] y se perderán, pero la tercera quedará en ella. Y a esa tercera parte la haré pasar por el fuego, y los refinaré, como se refina la plata, y los probaré como se prueba el oro” (Zac. 13:7-9, BTX).
Lo que vemos aquí es la historia de la Iglesia. Notamos que es Dios quien hiere al pastor y es Dios quien vuelve su mano contra las ovejas. No todas son ovejas de verdad. Dos terceras partes demuestran que no lo son, porque se pierdan. Una oveja del Señor nunca se ha perdido. Pero sí que pasará por mucho sufrimiento, y esto, para purificarle. La finalidad de herir al pastor ya la hemos visto: es para la salvación del rebaño. Ahora vemos que la finalidad de afligir a las ovejas es para separar del rebaño a las que no sean del Señor y para purificar a las otras. Aquí tenemos la obra de salvación y la de santificación.
Cuando el Señor Jesús fue prendido, la primera parte de esta profecía se cumplió: “Entonces Jesús les dijo: todos os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Hiere al pastor, y las ovejas serán dispersadas, pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea” (Marcos 14:27, 28). Le prendieron, y Mateo escribe: “Más todo esto sucede, para que cumplan las Escrituras de los profetas [en Zac. 13:7]. Entonces todos los discípulos dejándole, huyeron” (Mat. 26:56). Jesús los había avisado de lo que pasaría: “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 2231, 32). Y había quedado con ellos luego en Galilea.
En los días oscuros inmediatamente después de la crucifixión, los discípulos estaban desconcertados. Algunos se mantenían juntos, otros se alejaron del grupo. Después de la resurrección el Señor los volvió a reunir. Cuando se despidió de ellos para volver al cielo (Hechos 1), no los dejó huérfanos, sino que les dio su Espíritu para consolarlos, consolidarlos, mantener la unidad, enseñarles, fortalecerlos en la persecución, animarlos en la batalla, sanar sus heridas y darles paciencia para esperar su retorno. Esta es la obra de santificación, y se realiza poco a poco en medio de la batalla. Sería más fácil si la santificación se llevase a cabo solo por el estudio de la Palabra, pero no, se logra mayormente por la aplicación de lo hemos estudiado en la Biblia en medio de nuestro sufrimiento. Poco después de su partido, estalló la persecución (Hechos 4), y así ha sido hasta la fecha: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Tim. 3:12). En el fuego de esta persecución, la iglesia se purifica.
No me sorprendería para nada si la iglesia en España volviera a sufrir una nueva inquisición con la ideología del género que nos está asediando estos días. Pero Dios lo usará para purificar a los que realmente son suyos y para salvar a otros que todavía no lo son. Por medio de mucha aflicción entramos en el reino: “…aunque ahora, por un poco de tiempo si es necesario, seáis afligidos con diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honra en la revelación de Jesucristo” (1 Pedro 1:6-7, BA). ¿Estaba Pedro pensando en este pasaje de Zacarías?