SANTIDAD COMPLETA

“En aquel día estará grabado sobre las campanillas de los caballos: SANTIDAD A JEHOVÁ; y las ollas de la casa de Jehová serán como los tazones del altar” (Zac. 14:20).
En aquel día la nota dominante será “santidad al Señor”. Aun las campanillas de los caballos la tocarán: “estará grabado sobre las campanillas de los caballos: SANTIDAD A JEHOVÁ”. Todas las ollas en la ciudad serán consagradas al Señor; serán tan santas como las del templo: “Y toda olla en Jerusalén y Judá será consagrada a Jehová” (v. 21). Hasta la última y más insignificante cosa en la ciudad será dedicada al Señor para su uso y su gloria. Todo será santo. ¡Es como consagrar tus sartenes al Señor! ¡Sartenes santos! Cocinarías para Él. Lo que preparas para comer será dedicado a Dios, y comerías para gloria. Así será cuando Cristo vuelva.
“Y no habrá en aquel día más mercader en la casa de Jehová de los ejércitos” (v. 21). “Mercader” también puede ser traducido como “cananeo”, un pueblo idolatría. Los dos sentidos de la palabra valen: No habrá más idolatría en Israel; tampoco se usará el templo como lugar para negociar y ganar dinero a expensas del pueblo, como se hacía en tiempos de Jesús: “Subió Jesús a Jerusalén y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados” (Juan 2:13, 14). La religión ya no será un negocio, sino una expresión de devoción pura a Dios. En el reino de Cristo todo trabajo será santo, correcto, ordenado y en obediencia a sus preceptos.
El libro de Zacarías termina hablando del templo y la ciudad, de una sociedad justa y perfecta, y de la santidad en todas las esferas de la vida bajo el gobierno de uno que es tanto Dios como Rey, al igual que los libros de Isaías y Ezequiel: “Esta es la ley del templo: todo el terreno que lo rodea sobre la cumbre del monte será un Lugar Santísimo. Tal es la ley del templo” (Ez. 43:12, NVI). La vida se centrará en Dios y se llevará a cabo ordenadamente para su gloria y para el perfecto disfrute de todos los que le conocen y le aman y se someten a su gobierno. En aquel día no habrá templo, porque Dios será el templo, y su santidad llenará no solamente su santo monte, sino el mundo entero.
Nos despedimos de esta feliz ciudad con judíos y gentiles viviendo juntos en armonía, adorando a su Rey, subiendo a Jerusalén de fiesta para celebrar una magnífica cosecha y el fin de su peregrinación. Volveremos a encontrarnos con ella en el libro de Apocalipsis donde nos dice que: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella” (Ap. 21:23, 24).
Cuán bendita aquella tierra de Dios donde los santos viven para siempre,
Donde campos dorados se extienden hermosos y anchos, donde fluye el río de cristal.
Las notas del cántico de la gran multitud de santos se mezclan hoy con las nuestras;
Tres veces bendita aquella canción de cosecha que nunca tendrá final.
William Chatterton Dix, 1837-98