UN POCO MÁS DE JESÚS

“Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los dice, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo… Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron… En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Cómo contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis” (Mateo 26:47-55).
La entereza de Jesús resalta en este pasaje. ¡Reprende a los que vienen a prenderle! Les dice que lo suyo es un acto de cobardía, puesto que estaba con ellos todos los días enseñando en el templo. ¿Por qué no le prendieron entonces? Jesús hacía su obra abiertamente, a plena luz del día, ellos de noche. Tranquilamente estaba sentado en el Templo, a la vista de todos. Tuvieron bastante oportunidad para prenderle, si lo hubiesen querido, pero, como tenían miedo de la multitud, vinieron a buscarle por la noche en un lugar apartado, donde nadie vería su maniobra. Es más, vinieron armados hasta los dientes con espadas y palos. ¿Qué es esto? ¿Jesús era un criminal tan peligroso que tenían que defenderse de él? ¿Le tenían miedo? ¡Era como venir contra un pacifista con un ejército! Deberían sentirse ridículos y avergonzados.
Jesús obviamente estaba en control de la situación. Estaba a la altura de la traición de Judas y de los complots de los deshonestos líderes religiosos. Lo suyo era la cobertura de la noche, el miedo de la gente, la subordinación, el tramar planes secretos para realizar obras siniestras. Eran hambrientos para conseguir poder, reconocimiento y dinero; tenían celos de la popularidad de Jesús; no les interesaba la verdad; no guardaban sus propias pesadas y exigentes normas; no respetaban las fiestas religiosas; y se hicieron burla de la ley. Bien los llamaba hipócritas. Espiritualmente eran enanos y Jesús se ve entre ellos como gigante. La pureza del Señor luce más brillante y bella contra el trasfondo negro y siniestro de la perversidad de esta gente.
Este es nuestro glorioso Salvador. Tuvo que soportar a gente como ellos en el Templo de su Padre, profanando las Sagradas Escrituras, guiando mal al pueblo de Dios, a gente corrupta vestida de sacerdotes, realizando ritos sagrados, enseñando la ley de Moisés, genta mala. El Señor no les tuvo ningún miedo. Les confrontaba con la verdad de cómo eran. ¡Él sería interrogado y juzgado por ellos!
“¿Acaso piensas que no pudo ahora orar a mi Padre y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras de que es necesario que así se haga?” (v. 53, 54). Jesús estaba preparado por lo que se avecinaba, porque había meditado en las Escrituras, y el Espíritu Santo le había interpretado cómo se iban a aplicar a él. Por fe había preparado a sus discípulos para su muerte, y por fe había quedado con ellos en Galilea después de su resurrección, porque sabía que las Escrituras se tenían que cumplir. Andaba en perfecta armonía con el Padre, sabía que su hora había llegado, estaba preparado para ella, y salió a recibirla.