ANDAR EN EL AMOR

“Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio” (2 Juan 6).
El amor no es en primer lugar un sentimiento, sino un mandamiento que requiere acción. Es una actitud de obediencia a Dios que se manifiesta en el buen trato de otras personas. “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser” (1 Cor. 13:4). Esta es una descripción de cómo hemos de tratar a los demás, aunque no se lo merecen. Incluye al marido, a los de la iglesia, a los vecinos y a los enemigos. Vivimos amando de esta manera en obediencia a Dios. “Andar en amor” significa que lo que nos caracteriza como creyentes en Jesús es un tratamiento bondadoso hacia todo el mundo.
Amar es ser obediente a la Palabra de Dios. No podemos considerarnos hijos obedientes si no vivimos una vida de amor. En el Antiguo Testamento tenemos los Diez Mandamientos; en el Nuevo tenemos solo uno: amar. Amamos porque la Palabra lo dice. Jesús dijo: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:12, 13). Poner la vida por el otro es ser sufrido con él, ser benigno, no buscar tus intereses, no irritar al otro, no guardar rencor por lo que te hace, ser paciente, sufrir lo que tengas que sufrir, soportándolo todo sin dejar de amarle. Esto se aplica a la relación con el marido, el pastor, el jefe del trabajo, un hijo rebelde, un familiar difícil, una persona enferma o una persona complicada. Amar es la milagrosa respuesta del Espíritu Santo en nosotros frente a los que humanamente no podemos soportar.
Amar es lo que Cristo hizo. Amar es no dejarnos llevar por los sentimientos, sino por obediencia a Dios en el poder de su Espíritu. Es hacer el bien cuando no nos apetece, aun cuando el otro no nos ama y no responde: “Aun me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (2 Cor. 12:15). Amamos con amor no fingido, amor genuino. Amar no es una opción; es un mandamiento del Señor. La actitud del creyentes es: “Te amo y quiero lo mejor para ti. Me dejo llenar por el amor de Dios y con este amor te amo”.
“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte. Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida, sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él. En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermanos tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:14-19). Hemos de perfeccionar el amor, amándonos. Hemos de interesarnos en el otro y ayudarle en sus necesidades. Como creyentes, lo que hemos de hacer es no discutir, sino amar y prestar amor al otro. Hemos de averiguar lo que podemos hacer para él y hacerlo, olvidándonos de nosotros mismos. Esto es amar.