IMÁGENES Y EMOCIONES

“Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacía ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles… Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos” (Lu. 23:28).
Un pastor andaluz, en medio de la emoción de la celebración de Semana Santa en su ciudad, leyó el texto que encabeza nuestra meditación de hoy. La gente se recrea en los sufrimientos físicos de Cristo y se emociona al ver pasar las estatuas. Cantan saetas con verdadera pena. “Pobrecito; cuánto ha sufrido”, y confunden la piedad con los sentimientos religiosos. El Señor Jesús rechaza este sentimentalismo: “No llores por mí”. Aunque estén llorando por él, se van a condenar, porque no le conocen; ¡deben estar llorando por ellas mismas, y por sus hijos, porque el juicio de Dios les espera! Los mismos soldados romanos que hacen injusticia con él, van a destruir la ciudad con una matanza terrible, pero esto no es nada en comparación con el juicio de Dios que caerá sobre ellos en el día final. En aquel día la gente deseará la muerte. Pedirá que las montañas caigan sobre ellos para matarlos, para esconderles de la ira del Cordero.
Jesús no quiere su lástima. No lo recibe con agrado. No lo interpreta como fe en él, sino como sentimentalismo. Emoción no es fe, ni siquiera cuando se manifiesta delante del verdadero Jesús, ni mucho menos delante de una estatua. Aunque lloren pensando en el sufrimiento de Jesús, se van a condenar, porque la fe verdadera empieza cuando alguien llora por sí mismo, porque se ve condenado por su pecado. Entonces: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4), porque éstas son lágrimas de arrepentimiento que conducen a la salvación, que es la consolación eterna. Si la gente que llena la calle para ver las procesiones llorase por su propio pecado, se salvarían.
El sentimentalismo no es fe, ni siquiera en alguien que profesa ser creyente. La forma de adorar al Señor no es emocionarse en un culto. Hay mucha emoción en la alabanza que no agrada a Dios, porque no es con emoción que Él es adorado, sino con vidas de obediencia. Podemos cantar alabanzas preciosas, emocionantes, y llorar, pero esto no es lo que le complace a Dios. Muchas veces solo es carnalidad, una emoción pasajera. Lo que Dios busca es la consagración y la santidad, una fe que se manifieste en obediencia y buenas obras y en una vida de justicia.
Cuando leemos la historia de la pasión en los evangelios, notamos que los escritores bíblicos no se recrean en el morbo. No entran en detalles describiendo los látigos, los clavos, el dolor físico, al estilo de Mel Gibson, porque la historia de la cruz no es para que sintamos pena para Jesús, sino para que pongamos nuestra fe en su muerte expiatoria para nuestra salvación. “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto (en una asta), así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado (en una cruz), para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14, 15). El propósito de la muerte de Cristo en la cruz no es para que lloremos por él y sintamos pena por todo lo que sufrió, sino para que pongamos nuestra fe en su muerte para expiar nuestros pecados y seamos salvos. Entonces Jesús “verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Is. 53:11), porque su sufrimiento habrá valido la pena por los muchos que han sido salvos por medio de su muerte.