EL MINISTERIO DE JUAN EL BAUTISTA

“He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacía los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Mal. 4:5, 5).
Como muchos de los profetas, el libro de Malaquías termina hablando de salvación y perdición. En este breve resumen del ministerio de Juan el Bautista la salvación es simbolizada por la unión de la familia cuando todos encuentran a Cristo y son salvos y unidos en Él. El tremendo mundo en que vivimos está caracterizado por la desunión de la familia. En la mentalidad bíblica eran los padres los que tenían que enseñar las Escrituras y el temor de Dios a los hijos. El profeta acaba de decir: “Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (4:4). Estas leyes y ordenanzas pasaban de padres e hijos, de generación en generación: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deut. 6:7). Si los hijos se rebelan contra los padres, no llegan a conocer y amar al Señor, y la nación se aparta de Dios.
Y, a grandes rasgos, así era la situación cuando Juan el Bautista entró en escenario. Israel estaba muy lejos de Dios. Su ministerio era llamar el país a la conversión y señalar a Jesús, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por medio de Cristo, se obtiene la salvación, y uno de los resultados es la unificación de la familia: “Él hace volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacía los padres”. ¡La restauración de la familia es una obra de Dios!
Vivimos en tiempos tremendos para la familia. Los hijos se rebelan. No hay comunicación entre esta generación y la anterior. La nueva rechaza los valores de los padres, muchas familias son disfuncionales, falta la comunicación y el amor entre los esposos y los hijos se desconectan. Las mujeres no quieren tener hijos; las madres abortan a sus hijos. Si los tienen, no son su prioridad, sino que lo es su carrera. Los matrimonios se rompen. Muchos nunca se habían casado en el primer lugar; se abandonan y buscan otra pareja y la nueva “familia” está compuesta de hijos de otras relaciones por parte de ambos padres e hijos de esta relación y la vida se vuelve muy complicada. Muchos prefieran una vida independiente, sin complicaciones de familia. Los padres cristianos también están cogidos en esta problemática. Si tratan de enseñar la Palabra de Dios a sus hijos, no les interesa, y el sufrimiento que resulta es grande.
Todo este panorama lúgubre tiene su resolución en Cristo. Él une las familias de corazón, espíritu y alma cuando todos son de Él, estableciendo relaciones entrañables entre los esposos, entre padres e hijos y entre los hermanos. Este es el resultado precioso del evangelio operando en la familia cristiana. Por otro lado, cuando el evangelio es rechazado, hay maldición (4:6). Esto es lo que estamos viendo en nuestro mundo hoy, maldición, empezando con la familia, que es la base de la sociedad, y extendiéndose a toda ella. Como bien sabemos, la única solución para este mundo roto es el evangelio de Jesucristo. La alternativa es la terrible maldición con la que se termina el libro de Malaquías.